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Columna publicada el 12-03-2004
Casi doscientos muertos y mil quinientos heridos ha sido el saldo de los actos terroristas ocurridos en Madrid el 11 de marzo. La espantosa masacre tiene todas las características de los atentados de ETA. El tipo de explosivo y la forma de actuar apuntan en esa dirección. Incluso, en diciembre pasado la banda asesina intentó sin éxito una carnicería similar. Sin embargo, Arnaldo Otegui, a quien se le supone la cara política de ETA, rápidamente opinó que podía tratarse de una represalia de la “resistencia árabe” por el apoyo de España a la invasión a Irak.
Sospechosamente, otras pistas parecían darle la razón a Otegui: en el lugar de los hechos apareció una grabación con textos del Corán, mientras un periódico árabe publicado en Londres dijo haber recibido un comunicado firmado por un grupo terrorista islámico que se responsabilizaba de los atentados. No obstante, los analistas más agudos continúan imputando a ETA la autoría de estos crímenes. La hipótesis que barajan parte de la siniestra lógica de los terroristas vascos. ¿Qué buscaban en esta oportunidad? Obvio: influir en las elecciones del domingo 14 de marzo. ETA pudo pensar que una matanza de estas dimensiones, atribuida a Al Qaeda, se convertiría en una condena al gobierno de Aznar y al Partido Popular por haber secundado la impopular política de Washington durante la última guerra de Irak.
Bien, lo probable, es que ETA esté detrás de los asesinatos, pero tampoco debe descartarse que haya sido un crimen pactado entre las dos organizaciones terroristas. Al fin y al cabo, los vínculos entre los etarras y los terroristas islámicos datan de hace varias décadas, cuando algunos violentos independentistas vascos fueron adiestrados en la academia de la policía de Argelia. A partir de entonces, frecuentemente, la policía española y la israelita han sabido de los contactos esporádicos y la colaboración fluida entre la banda española y grupos como Hamas, Al Fatah o la OLP. Si ETA no actuó directamente, no es muy descabellado pensar que Al Qaeda le hizo el trabajo sucio, o que ETA colaboró con los terroristas islámicos para asesinar a centenares de odiados “españoles”.
La verdad es que ETA tiene apoyos internacionales importantes y decididos. El subcomandante Marcos en México, los sandinistas en Nicaragua y las FARC colombianas respaldan sin ningún pudor a los etarras vascos. Hace tres años, en Panamá, en el seno de la Cumbre Iberoamericana, Fidel Castro se negó a firmar un documento de condena a la banda terrorista. El Comandante, fiel a sus amigos y a sus principios revolucionarios, no iba a traicionar a unos viejos compañeros de lucha a los que les ha prestado todo género de ayudas, material y política, desde 1966, cuando se creó en La Habana la Tricontinental, una verdadera internacional del terror. Solidaridad de dos vías, pues Castro recibe muestras constantes y recíprocas de gratitud por parte de los terroristas vascos. Los industriales vascos que invierten en Cuba, por ejemplo, no son extorsionados por ETA, y basta pasearse por la propaganda etarra o castrista en Internet para descubrir que las voces que defienden a ETA ―los escritores Alfonso Sastre y Eva Forest, por citar dos nombres― son las mismas que defienden la dictadura cubana.
¿Quiénes, en el plano internacional, coinciden con ETA y la apoyan? En primer término, numerosos comunistas. Nunca debe olvidarse que, por encima de todo, ETA es una organización de ideología marxista-leninista que pretende crear una “dictadura del proletariado” en las provincias vascas de España y Francia. Para los comunistas de todas partes, se trata de camaradas empeñados en una lucha épica en favor de los pueblos oprimidos. En segundo lugar, quienes odian visceralmente a Occidente y a Estados Unidos. La señora Hebe Bonafini, presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo ―una organización cívica argentina―, la misma que celebró el derribo de las Torres Gemelas, no cesa de manifestar su simpatía por los presos etarras. En Uruguay, cuando el gobierno decidió deportar a España a unos terroristas vascos, algunos sindicatos, los tupamaros y otros componentes del Frente Amplio se lanzaron a las calles para protestar vehementemente. Para ellos, los etarras no eran criminales responsables de un millar largo de muertos y numerosos secuestros y atropellos, sino sacrificados compañeros antiimperialistas.
El tercer grupo de simpatizantes de ETA es el de ciertos irresponsables que aman y suscriben todas las causas nacionalistas, defendidas por cualquier medio, siempre que se invoque el derecho a la autodeterminación. En Estados Unidos el IRA irlandés llegó a tener el respaldo de políticos y empresarios prominentes a los que los crímenes de estos psicópatas les importaban menos que el romántico objetivo de liberar a Irlanda del Norte del dominio británico-protestante. Cuando los independentistas canadienses de Québec recurrieron al terrorismo, no les faltaron simpatías entre algunos franceses muy divertidos con los episodios de violencia. En el caso de los independentistas vascos sucede el mismo repugnante fenómeno.
Esta vez, sin embargo, la ETA ha ido demasiado lejos y es muy probable que sus amigos se mantengan provisionalmente callados. Algunos, hasta es posible que envíen cínicos mensajes de condolencia al pueblo español. Fidel Castro y Hebe Bonafini ya lo han hecho.
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