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Unión Liberal Cubana

Una valoración de la "Comisión de Ayuda a una Cuba Libre", con un "Apéndice para cubanos"

Víctor Llano


La Unión Liberal Cubana desea subrayar que le parecen particularmente valiosos cinco aspectos del documento redactado por la Comisión de Ayuda a una Cuba Libre que el general Colin Powell, a nombre del Departamento de Estado de Estados Unidos, acaba de entregar al presidente George W. Bush:
 
– El rechazo a la prolongación de la dictadura comunista mediante una sucesión post Fidel Castro que ignore los deseos de libertad y prosperidad del pueblo cubano. La transición no sólo es conveniente: es inevitable.

– La voluntad de potenciar Radio y Televisión Martí, de manera que el pueblo cubano pueda tener acceso a la información que su gobierno le prohíbe u obstruye.

– El compromiso de continuar apoyando a los demócratas de la oposición que luchan dentro de Cuba por el rescate de las libertades.

– La intención norteamericana de colaborar con otras naciones y con otras fuerzas e instituciones democráticas internacionales para contribuir a acelerar el fin de la dictadura.

– Las promesas de colaboración técnica y de aportar ayuda generosa cuando sobrevenga el momento de la transición hacia la democracia para facilitar el cambio de régimen de manera pacífica.

No obstante, no creemos que limitar las visitas de los emigrados cubanos a la Isla o el grado de consaguinidad de los familiares que pueden recibir las remesas sean medidas adecuadas para los fines que se persiguen, pero admitimos que esas discrepancias pesan bastante menos que las sustanciales coincidencias que tenemos con el documento norteamericano.
 
APÉNDICE PARA CUBANOS
 
Hecha esta declaración pública, nos parece conveniente formular las siguientes observaciones en respuesta a la dictadura cubana:
 
– Este nuevo documento del Departamento de Estado participa del espíritu del documento Ayuda a la transición en Cuba divulgado el 28 de enero de 1997 por el entonces presidente Bill Clinton en demanda de libertad y democracia para los cubanos, coincidencia que debería servirles a Fidel Castro y a la cúpula gobernante para entender que no pueden ni podrán conseguir que Estados Unidos admita el carácter “irrevocable” de la dictadura cubana. En Estados Unidos existe, de facto, una posición bipartidista sobre Cuba que seguramente suscribirá el senador Kerry a lo largo de la campaña por la presidencia de la nación.
 
– En cierta medida, este documento del Departamento de Estado es también la respuesta inevitable a la actitud inmovilista de Fidel Castro, cuando en el verano de 2002 organizó uno de sus acostumbrados “circos” y reformó la Constitución, decretando fukuyamamente “el fin de la historia” mediante la permanente condena de los cubanos a sufrir ese fracasado modelo de Estado y de sociedad por toda la eternidad.
 
– Este nuevo documento del Departamento de Estado, por otra parte, está en perfecta consonancia con la “posición común” de la Unión Europea de no conceder al gobierno de Castro ningún trato de favor hasta que no comiencen a eliminarse los mecanismos represivos que padecen los cubanos. Y está también en sintonía con el espíritu y el texto de la “Carta Democrática” de la OEA, compromiso diplomático que le cierra el paso a la dictadura comunista mientras no se produzca un verdadero cambio hacia la democracia.
 
– Los reformistas (cripto-reformistas) dentro del gobierno cubano o en el Partido Comunista, seguramente la inmensa mayoría del “aparato” pese a su aterrorizado silencio, deben leer este texto con interés y satisfacción. El proyecto del sector inmovilista del más rancio entorno de Castro consiste en tratar de forzar a  Estados Unidos y a los otros centros de poder a aceptar el diseño estalinista del modelo cubano sin insistir en los cambios. Eso sería devastador para quienes creen en la necesidad de que se efectúen cambios. Este mensaje viene a decirles a los inmovilistas, muy claramente, que ese plan no tendrá éxito. El mundo no acepta la dictadura cubana, y mucho menos su prolongación.
 
– Esos reformistas o cripto-reformistas que hoy ven con gran preocupación el ascenso de los “jóvenes talibanes”, aupados por Fidel Castro para prorrogar su régimen más allá de su muerte, desplazando del poder a la zona más moderada del “aparato”, deben incluir entre sus análisis esta conclusión evidente: toda presión internacional que debilite la idea de la sucesión sin cambios es conveniente para cualquier persona razonable que admita que a estas alturas de la historia ya no es posible la supervivencia de un régimen basado en los errores teóricos del marxismo y en el diseño institucional del desaparecido modelo soviético. Hay que marchar en otra dirección.
 
– También contiene un claro mensaje para quienes se afilan los dientes y no planean un cambio, sino una “piñata” a la nicaragüense. Tampoco será posible. Sólo existe una puerta abierta, y es la mejor para el conjunto de la sociedad: la democracia, la devolución del poder político y económico a la sociedad y el paulatino regreso de Cuba al conjunto de países libres y prósperos del mundo.
 
– Esa transición no tiene que ser vista con temor por el aparato dirigente comunista, sino con realismo: más bien pronto que tarde terminará el control exclusivo que mantiene sobre la sociedad cubana (y que explica, en parte, la pertinaz miseria que asuela a los cubanos), y perderá el poder o tendrá que compartirlo con formaciones democráticas, tal y como sucedió en la Europa oriental post comunista. Pero nada de esto, si se lleva a cabo pacífica y ordenadamente, conduce a la indignidad o a la marginación. Por el contrario: la experiencia ha demostrado que hay vida más allá del comunismo.   
 
– Es una curiosa coincidencia que en esta oportunidad el gobierno cubano proteste por la “injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de Cuba” en el mismo momento en que México denuncia la intervención de los servicios secretos de Cuba en la política interna mexicana.
 
– Si el gobierno cubano lleva casi medio siglo proclamando su derecho a practicar el “internacionalismo revolucionario” (doctrina que lo ha llevado a prolongadísimas guerras africanas y a conspirar en medio planeta, desde Venezuela hasta Madagascar), un mínimo sentido del pudor y de la coherencia debería llevarlo a admitir el derecho al “internacionalismo democrático” que hoy practican Estados Unidos, la Unión Europea y la OEA frente a su régimen.
 
– Y la misma lógica se aplica a los vínculos de los demócratas de la oposición dentro de Cuba con relación a la solidaridad internacional. Durante casi medio siglo, primero dentro de la órbita soviética y luego por su cuenta o dentro del Foro de Sao Paulo, el gobierno cubano ha adiestrado, subsidiado, armado y publicitado sin pausa ni tregua a todos sus aliados, desde los tupamaros uruguayos hasta los sandinistas, incluidas a las tropas zapatistas del subcomandante Marcos. ¿Por qué se asombra Castro de que los gobiernos, los partidos, las organizaciones y las instituciones democráticas de otros países hagan algo parecido con los demócratas cubanos de la oposición interna y externa, teniendo en cuenta que ni siquiera se trata de opositores violentos que quebrantan leyes, sino de disidentes que reclaman derechos universalmente aceptados?
 
– ¿Por qué cuando un extranjero aliado de la dictadura cubana recibe ayuda del gobierno de Castro los voceros del régimen lo califican como un “revolucionario progresista”, pero cuando un demócrata cubano recibe ayuda de los socialistas suecos, del gobierno norteamericano, del Parlamento Europeo o de los conservadores españoles se trata de un “repugnante vendepatria al servicio del imperialismo yanqui”?
 
– Tampoco es razonable pensar que tras el documento del Departamento de Estado hay una vocación o una actitud “anexionista”. Ésa es una anacrónica manera de entender la política o la conducta internacional de Estados Unidos. Cualquiera que conozca la sociedad norteamericana contemporánea sabe que lo que menos le interesa a ese país, a principios del siglo XXI, es anexar Cuba o cualquier otro país latinoamericano, pues lo que realmente le preocupa es lo contrario: la creciente presencia en suelo de Estados Unidos de inmigrantes ilegales de esta región del mundo.
 
– Es al revés: lo que atemoriza al gobierno de Estados Unidos es que la tiranía castrista, con sus atropellos, su pésimo desempeño económico y la falta de ilusiones que genera entre los cubanos, ya ha provocado que el 20% de la población de la Isla se haya trasladado o haya nacido en Estados Unidos. Lo que no quiere Estados Unidos es seguir “anexando” cubanos que huyen de la sinrazón castrista.
 
– Afortunadamente, tampoco existen anexionistas en el exilio. A ningún exiliado sensato le puede pasar por la cabeza la peregrina idea de anexar Cuba a Estados Unidos. Esos son fantasmas del siglo XIX que no tienen cabida en nuestra época.
 
– Tampoco es aceptable el calificativo de plattista para definir las relaciones entre los cubanos radicados en Estados Unidos y el país que los acogió. La Enmienda Platt, impuesta a los cubanos en la Constitución de 1901, felizmente abrogada en 1934, era una injusta disposición legal que convertía a Cuba en un virtual protectorado de Estados Unidos. Lo que hoy existe es totalmente diferente: cuatro cubanos miembros del Congreso federal de Estados Unidos que contribuyen al diseño de la política norteamericana, a los que probablemente se agregue un futuro senador; decenas de funcionarios y legisladores cubano-americanos estatales con capacidad para influir en cuestiones relacionadas con Cuba. Es decir, una potente emigración cubano-americana perfectamente integrada en la vida política norteamericana, pero que no ha perdido ni sus raíces ni su sentido de la responsabilidad con el país del que tuvieron que huir ellos o sus padres.
 
– Por el contrario, mientras la Enmienda Platt fue una muestra de la voluntad de Estados Unidos de influir en los asuntos cubanos. El documento que acaba de entregarle el canciller Powell al presidente Bush, así como el que en el pasado presentó Clinton a la opinión pública, o la creación de Radio Martí en época del presidente Reagan, son muestras de la legítima capacidad de los cubano-americanos para influir en la política norteamericana utilizando los mecanismos que permiten las leyes y la porosa naturaleza de la sociedad norteamericana.
 
– No es falso que la administración del presidente Bush, como antes la del presidente Clinton (al margen de los valores democráticos), también se comprometen con la libertad y la democracia en Cuba por intentar conquistar la buena voluntad de los electores cubanos, pero eso sólo refleja las peculiaridades y la calidad de la democracia estadounidense, que tiene en cuenta los deseos y las preferencias de sus ciudadanos, algo que no sólo acontece con los cubanos, sino que también se comprueba, entre otros casos, con los judíos con relación a Israel o los negros con respecto a temas africanos.
 
– No hay duda de que para la Cuba actual es magnífico contar con quienes defiendan los intereses de la libertad dentro de ese país (la primera potencia del planeta), como lo será para la Cuba futura contar con una vibrante comunidad cubano-americana que contribuya a la prosperidad de la Isla vecina.   
 
– Lo que resulta asombroso es que el gobierno de Castro, indiferente ante la realidad, insista torpemente en tratar de “arreglarse con Washington” sin contar con los intereses y las opiniones de la oposición democrática radicada en el exterior, pese a que resulta evidente el peso creciente de los cubano-americanos dentro de la estructura de poder norteamericana.
 
– Lo que resulta increíble es que ese gobierno continúe intentando ridículas manipulaciones de esta realidad, con reuniones carentes de seriedad como esas periódicas ceremonias de adhesión a la dictadura que denominan “Reuniones de la emigración”, o algo parecido.
 
– Tampoco tiene sentido que Castro o sus voceros, con ese lenguaje obsceno que los caracteriza, insistan en denigrar a los demócrata exiliados y en lamentar el poder político y social que han conseguido alcanzar dentro de la sociedad norteamericana, cuando este fenómeno es la consecuencia de tener en Cuba un régimen despótico que los ha obligado a exiliarse. Es la dictadura comunista y no la hostilidad norteamericana lo que lleva varias décadas fomentando el éxodo de los cubanos, fenómeno casi desconocido antes de 1959.
 
– Por otra parte, constituye una tremenda paradoja o una forma desconocida de cinismo que el mismo régimen que lamenta la hostilidad de Estados Unidos y de los cubano-americanos prácticamente viva de las remesas de los exiliados, mientras exige constantemente a Washington que otorgue las 20.000 visas anualmente comprometidas para que continúe aumentando el éxodo del que luego se queja. Si un exilio fuerte y numeroso es un problema para el régimen de Castro, ¿por qué mendiga visas norteamericanas y protesta cuando por alguna razón se demora el proceso de otorgamiento?
 
– Si Estados Unidos es el enemigo implacable, ¿por qué, en suma, se ha convertido en el principal y preferido vendedor de alimentos a la Isla? ¿Acaso para tratar de reclutar a los exportadores norteamericanos como parte del lobby procastrista en Estados Unidos? ¿Cree Castro, realmente, que con esa mezquina forma de soborno podrá normalizar las relaciones con Washington?
 
Es muy importante que la sociedad cubana ―incluidos los comunistas que administran la dictadura y los demócratas que la combaten dentro y fuera de la Isla― analicen cuidadosamente éstos y otros temas relevantes que afectan a nuestro inmediato futuro como pueblo. Se acerca ―si finalmente acaban de convocarlo― otro Congreso del Partido Comunista Cubano, y Fidel Castro y su puñado de inmovilistas impondrán de nuevo su desacreditada visión de Cuba y de los problemas que aquejan a nuestro país. ¿Hasta cuándo quienes tienen voz van a callar ante el error, el disparate y el crimen?
 
Firman este escrito, dado por la Unión Liberal Cubana el 11 de mayo de 2004:
 
Carlos Alberto Montaner, Antonio Guedes, Beatriz Bernal, Eduardo Zayas Bazán, Alexis Gainza, Tomás G. Muñoz, Sebastián Arcos, Wenceslao Cruz, Armando Añel, Roberto Fontanillas-Roig, Juan Suárez-Rivas, Enriqueta Fernández, Rolando Béhar, Mario Elgarresta, Raúl Masvidal, José Miguel González-Llorente y Gilda Calleja.

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