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Columna publicada el 15-07-2004
Ayer se manifestaron en diversas ciudades estadounidenses un total de varios cientos de miles de personas bajo el lema "El ordenador se come mi voto". La protesta es debida al uso de máquinas electrónicas para la votación presidencial en noviembre. Así, a primera vista, pareciera que estos manifestantes son ludditas de nuevo cuño, que protestan contra cualquier innovación tecnológica presos de una fobia incontrolable. Pero no, tienen razones para desconfiar, y razones de peso.
El problema es que las máquinas que se están vendiendo e instalando no tienen modo de ser auditadas. Si fallan o alguien las cambia para que den un resultado falso, no sé puede saber qué ha sucedido o, peor aún, si ha pasado algo. Lo que piden es que las máquinas impriman un recibo para el votante que le permita comprobar lo que ha votado, recibo que se quedarían las mesas electorales.
Por otro lado, algunas de esas máquinas parecen confiar más en ocultar sus detalles al escrutinio público confiando que así no se descubran posible agujeros de seguridad que en hacer sistemas realmente a prueba de crackers. Por eso, cuando algunos fabricantes se han sometido a auditorías independientes, se han encontrado numerosos fallos de seguridad.
No quiero ni pensar que vuelva a haber una elección reñida en noviembre y que se esté cerca del empate en estados que hayan adoptado estas máquinas. La que se puede montar podría hacer palidecer el celebérrimo recuento de Florida. Entre otras cosas, porque no puede haber recuento. Si Michael Moore y compañía insisten en que Bus robó las elecciones, aún cuando el recuento que hicieron los medios dio también ganador a Bush, ¿qué no dirían el año que viene?
El voto electrónico es, o debería ser, el futuro. Por eso es imprescindible evitar que se pegue un batacazo en el primer test importante que se va a encontrar.
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