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Columna publicada el 11-10-2004
La etarra Soledad Iparraguirre, detenida hace pocos días en Francia, decidió en 1998 viajar a Cuba para que a la verita de Fidel Castro naciera la hija que esperaba fruto de su relación con Mikel Albizu. Iparraguirre -también conocida como la dama de la muerte- no podía ignorar que la Robolución la trataría como ha tratado siempre a personajes que, como ella, han sido acusados de asesinar a 15 personas.
El sangriento currículum de Anboto le abrió muchas puertas en el cortijo de un canalla que siente una profunda admiración por los asesinos en serie. Los comisarios políticos que Castro hace pasar por periodistas jamás califican a los etarras de terroristas. Para el Monstruo de Birán son miembros de un grupo independentista vasco, valientes gudaris que luchan por la libertad de su pueblo. La tiranía comunista se comprometió con España a informar de todos los movimientos de –al menos– una veintena de etarras que han encontrado cobijo en Cuba; sin embargo, jamás informó de que Iparraguirre era una de sus más "ilustres huéspedes". Como no es cubana, viajó a la Isla cuando quiso y salió de ella cuando le dio la gana.
Desde enero de 1959, Cuba es un infierno para los cubanos y un paraíso para los verdugos. Incluso lejos de la Prisión-grande Castro se preocupa por la seguridad de sus más aventajados alumnos. Cuando en noviembre del 2000 a la embajada de La Habana en Madrid no le quedo más remedio que negar el refugio a las etarras Ainara Esteran y Nerea Garro, el gobierno cubano exigió al español garantías de su integridad física. A nadie le sorprendió entonces la provocación de Esteban Dido. España no protestó por semejante ofensa. Y es que es lógico que el más sanguinario de los terroristas vivos se interese por los que con tanto éxito han seguido sus enseñanzas. Lo que jamás entenderemos es cómo un gobierno democrático mantiene relaciones con los mafiosos que protegen a sus peores enemigos.
En Cuba residen a sus anchas alrededor de veinte etarras. Allí son los reyes del mambo. Entran y salen cuando quieren, crean empresas, blanquean cientos de miles de dólares después de cobrar el impuesto revolucionario, viajan en coches oficiales, viven en residencias del Estado y reciben a políticos del Partido Nacionalista Vasco cuando éstos vuelan a La Habana para llevarle algo de pasta a su protector. A nadie puede sorprender que la tiranía aún no haya extraditado a José Ángel Urtiaga Martínez, terrorista al que quiere juzgar la Audiencia Nacional y cuya entrega solicitó hace mucho más de un año el gobierno de Aznar. Castro ni siquiera contestó. Ahora que Zapatero quiere entenderse con él, lo primero que tenía que exigirle es la extradición de Urtiaga Martínez; sin embargo, jamás le hemos escuchado a Moratinos una palabra al respecto. Probablemente no vuelva a hablarse del asunto. Todo menos incomodar a la bestia y exponerse a sus desplantes. O a lo que sería mucho más peligroso, a su videoteca.
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