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Columna publicada el 03-12-2004
Que nadie, incluido nuestro editor, se reconcoma por haberse abstenido en el referéndum de González a propósito de la OTAN. Con la excepción de los seguidores de CiU —la formación tradicionalmente más pro atlantista de nuestro país— y de otros pocos firmes partidarios de la OTAN no dispuestos a hacerle el juego a la mayoría absoluta del PSOE, la verdad es que en aquella ocasión la mayoría de los que rechazaban al PSOE se abstuvo –como fatalmente recomendó hacer Fraga— o incluso voto que sí creyéndose de verdad que de ese referéndum podía depender nuestra continuidad en la Alianza Atlántica.
González dejó claro que seguiría mostrándose partidario de permanecer en la OTAN aun en el caso de ganar el “no”, con lo que la hipotética salida plebiscitaria se convertiría en un retorno legislativo tras las siguientes elecciones generales, a no ser, claro está, que las ganara el Partido Comunista.
Pero en fin, agua pasada no mueve molino y, tras añadir sólo un merecido recuerdo al solitario y heroico “OTAN de entrada, no” de José María Carrascal en ABC, ahora deberíamos tomar buena nota y aprender de cómo Pujol logró que en Ctaluña, la Comunidad autónoma donde más partidarios de la OTAN había, ganara ampliamente el “No” al referéndum de González. Lo que hizo CiU fue acudir a la fórmula de dar “libertad de voto” a sus votantes, la mayoría de los cuales entendió acertadamente que deberían meter en la urna un "No".
Algunos dirán que esta fórmula, como la requerida hace poco por Aznar a los votantes del PP de “reflexionar “mucho antes de votar, no es lo suficientemente clara para interpretar que hay que votar “No” en un determinado referéndum. Sin embargo, y aun compartiendo la idea de que es exigible la claridad para no abstenerse en este plebiscito con el que Zapatero quiere afianzar políticamente la posición que logró tres días después del 11-M, también hay que ser conscientes de lo difícil que para los políticos —más aun para los de nuestra acomplejada derecha— es pedir que se vote “no” a un adversario cuando este se blinda en la corrección política, tal y como hace ZP con la causa europeista.
Al margen de la utilización partidista que va a hacer Zapatero de este referéndum, yo es que no quiero que Europa tenga esa Constitución que hace de España, como de tantos otros países europeos, una mera comparsa del eje franco-alemán, que silencia las raíces cristianas de nuestra civilización o que consagra la burocracia europea como una nueva aristocracia funcionarial que no se sabe muy bien ante quien tiene que responder. Esta Constitución hace trizas lo pactado en Niza y yo, desde luego, por higiene intelectual, ni me voy a abstener ni, menos aun, voy a votar que sí a todo lo que he criticado durante meses y años. Esperemos que Rajoy, que cuando le da la gana es la mejor razón para no tener que echar de menos a Aznar —y más a menudo el principal culpable de que se despierte entre sus votantes esa fatal nostalgia—, se ponga manos a la obra y corrija lo que deba corregir para que las abstenciones sumadas a los "No" dejen en mal lugar a quien, con tantas prisas, ha convocado este referendum. Pasó la hora de defender gestiones de Gobierno, ahora toca ejercer la oposición que es fundamentalmente estrategia comunicativa y batalla de ideas. Y Rajoy tiene tiempo, formas y capacidad de sobra para hacerlo. Pocas ocasiones de ejercer de "gallego", como esta.
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