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Columna publicada el 19-12-2004
Sabemos que se puede encender una hoguera aprovechando el naufragio de un petrolero, alimentarla llamando asesinos a millones de conciudadanos a cuenta de una guerra en Oriente e incendiar la convivencia abanderando sin título el dolor provocado por una masacre -un dolor que es de todos- y conduciendo el miedo de las multitudes. Se puede hacer y se ha hecho.
Sabemos que es posible almacenar el odio para ir dosificándolo a conciencia, acudir a las categorías caducas de una historia fratricida para resucitar los bandos, desenterrar los muertos selectivamente, desempolvar los uniformes, colgar las etiquetas convenientes y arrojar todos los cadáveres del siglo sobre medio país. Es posible y se viene haciendo.
Sabemos que es viable el artificio de consolidar el poder internamente mientras se dilapida externamente, se debilita una voz que es común, se derriban las defensas frente a un vecino conspirador y agresivo al que se agasaja y ante el que nos inclinamos. Es viable, los hechos lo demuestran, aunque sea insensato y estúpido, aunque parezca imposible.
Sabemos que, una vez se ha tomado las riendas, cabe ignorar la prohibición no escrita que previene de dar al sentimiento forma de institución para enfrentarlo a las instituciones legítimas, de urdir trampas que condenan al silencio al adversario, contando con que el adversario tiene principios, y que tal extravagancia le pone en situación de desventaja. Por caber, cabe incluso escudarse en una herida abierta y, violando todos los procedimientos, parapetarse tras su luto para que parezca que las normas que dicta a los representantes del pueblo soberano, las constricciones que no admiten respuesta ni argumento, proceden del desgarro insoportable que habrían causado los constreñidos.
Sabemos que todo lo anterior se puede hacer contando con aliados que, por desgajar la nación, van a liquidar el consenso sobre el que se armó la Constitución, blindaje de nuestras libertades. Sabemos que se puede abrazar a los que tienen la bandera de todos por bandera del enemigo. Sabemos que, por el puro cálculo de revivir las dos Españas, es posible promocionar a los que obtienen su fuerza particular de la debilidad del conjunto.
Lo que todavía no sabemos es si es posible seguir haciendo todo eso sin que un clamor alcance los palacios, sin que el país desasistido proclame la determinación inequívoca de seguir siendo libre y soberano, sin que brote espontánea la misma conclusión a la que llegó Marco Tulio Cicerón en De re publica: “Esta Patria no nos ha engendrado y educado sin contar con que, a su vez, nosotros contribuyamos a su subsistencia”.
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