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Columna publicada el 23-12-2004
¿Qué hay de tan importante en el texto del Tratado de Constitución europea que levanta tantas pasiones? La izquierda lo denuncia por ser poco social; los nacionalistas no lo aceptan porque no se sienten suficientemente reconocidos; la derecha se divide porque no es capaz de digerir un discurso crítico a Europa; los socialistas lo adoran porque lo han acabado firmando ellos. ¿Qué puede esperar el votante medio, al que se le consulta sobre algo que desconoce –y más vale así–, farragoso y de arcanas implicaciones?
Votar que sí es aceptar gratuitamente un lugar concreto de España en Europa: en lugar de formar parte de la mesa de los cinco grandes, pasa –y da igual que no sea hasta el 2009, acabará pasando– a la mesa de los niños. Así de claro. Con la distribución de votos que firmó Rodríguez Zapatero, sentenció que España se quedaba sin capacidad de formar minorías de bloqueo en cuestiones vitales para nuestros propios intereses. Ni más ni menos.
Votar no no es rechazar el proceso de construcción europea. La mal llamada "Constitución" no es más que un tratado más, de los muchos que hemos visto (Acta Única, Mastrique, Ámsterdam, Niza...) con el paso de los años en la UE. Si no se aplica no es el fin del mundo, ni siquiera la parálisis de la Unión. Niza seguiría plenamente en vigor.
Es más, es altamente probable que el Tratado Constitucional deba ser enmendado o superado por otro texto en un plazo relativamente breve si de verdad se avanza en la incorporación de Turquía a la Unión. Todos los preceptos del actual texto están orientados a consolidar la supremacía de los Estados más poblados, pero es muy complejo de aceptar que esa filosofía se aplique cuando, en lugar de Alemania, Turquía sea el más poblado, y con gran diferencia sobre el resto.
El verdadero problema político reside en otra parte. Siempre se ha dicho –pero ahora, a tenor de los argumentos empleados en el debate, parece que con la boquita pequeña– que la política europea no era ya política exterior, sino doméstica. Y es verdad. Convocando el referéndum ZP ha borrado la tenue distancia que separa ambas esferas. No es razonable intentar introducir una demarcación rígida entre la situación en España y lo que ocurre en Europa. Y, por tanto, no se puede culpar a quienes ven en este referéndum un plebiscito sobre Zapatero. O, si se prefiere, sobre la Europa que quiere ZP y el rincón que España ocupa en la misma.
Por otro lado, es bastante ingenuo pensar que un texto intergubernamental depositado en la lejana Bruselas va a ser más sólido, firme y fuerte frente al ímpetu nacionalista en España. Si la Constitución Española puede ser moldeada para que no sirva de garante de la unidad de la nación, es inimaginable que nuestros socios sean más españolistas que los propios españoles. El nuevo tratado no es una Línea Maginot ante nada.
¿Por qué hay que votar, entonces? Porque lo pide el Gobierno socialista y porque lo pide el principal partido de la oposición. Pero cuando todos se ponen tan nerviosos ante opiniones distintas a las suyas, algo habrá. Salvo otras explicaciones, Europa no sufre sin la Constitución y España sufrirá mucho con ella; ZP se lleva el mérito y los demás, no se sabe. ¿No es mucho pedir por Europa?
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos
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