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Columna publicada el 30-01-2005
Si el referéndum sobre la Constitución Europea se celebrase hoy sólo un 36 por ciento del electorado acudiría a votar. Sería sin sombra de duda la convocatoria más ayuna en votantes de la historia de nuestra democracia. Pero el peor dato extraído del Eurobarómetro de la semana pasada no es ese. Casi cuatro de cada diez españoles asegura que no tiene opinión alguna sobre el Tratado y el 33 por ciento confiesa que nunca ha oído hablar de la Constitución. El 33 por ciento, esto es, un tercio del electorado no sabe ni siquiera que ese documento existe. En definitiva, tan sólo un ridículo 12 por ciento de los que están citados a las urnas dentro de tres semanas admiten conocer al detalle el Tratado Constitucional. Un desastre absoluto a muy pocos días de la celebración del plebiscito.
El asunto de la Constitución Europea nació viciado desde el principio y es normal que los ciudadanos no le hayan prestado atención alguna. Lo que los políticos están vendiendo como Constitución no lo es tal sino un simple tratado multilateral como ha habido tantos y como, probablemente, habrá muchos más en los años venideros. De hecho, está ya firmado y aprobado por los Gobiernos nacionales y su entrada en vigor no supondría el comienzo de nada nuevo. Por lo demás, el plomizo mamotreto parido en la zahúrda de Gircard d’Estaing, a los españoles no nos da nada y, en cambio, nos quita mucho. La Constitución Europea consagra a Francia y Alemania como potencias hegemónicas de la Unión y relega a países medios como España a un puesto secundario y sin influencia efectiva. Quedar como comparsa después de haber jugado en primera división tras las conquistas obtenidas en la Cumbre de Niza es propio de necios. En el momento en que el Tratado quede aprobado el peso de España se habrá reducido en un 25 por ciento y el de Alemania habrá crecido otro tanto. Es natural que Schröder se entusiasme con el Tratado, es absurdo que Zapatero le sirva de corifeo.
Además del lugar nada confortable en el que quedará nuestro país tras la entrada en vigor de la Constitución, el Gobierno se ha tomado la convocatoria como algo personal confundiendo los intereses del partido con los del Estado. La campaña institucional pagada con el dinero de todos ha tenido que ser corregida por la Junta Electoral por invitar a votar sí de un modo descarado. El ministerio de Exteriores no ha escatimado medios y ha contratado a un plantel de celebridades para que informen a la ciudadanía de las bondades de la Constitución. ¿A qué se debe tanta parcialidad? Sencillo, para el presidente del Gobierno el referéndum del día 20 es un plebiscito personal. Después de haber llegado a la Moncloa en las condiciones en las que lo hizo y de haber empatado con el PP en las Europeas de junio, Zapatero necesita ese empujón definitivo que legitime su victoria del 14 de marzo.
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