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Columna publicada el 06-02-2005
George W. Bush, en su discurso sobre el Estado de la Unión, desmenuzó con propuestas los principios expuestos en su discurso de investidura. En este otro asentó la idea de que la seguridad en el interior está estrechamente ligada a la promoción de la paz y la seguridad fuera, lo que justificaría exportar la democracia y las instituciones que le acompañan a los Estados dispuestos a jugar con la llama del terrorismo, aunque ello pase por romper el Statu Quo. El multilateralismo es la primera opción, como está poniendo de manifiesto Condoleeza Rice; pero George W. Bush dejó claro que, llegado el momento, su país hará uso del poder que atesora, y que ha alcanzado no por casualidad, sino por ser la democracia más antigua del mundo. Por haber permitido, pese a varios reveses, una amplia libertad a los ciudadanos. Por haber dado contenido a la palabra ciudadano, sin más que acompañarla del adjetivo americano.
Todas estas razones ponen de manifiesto que hay una estrecha relación entre las políticas de las instituciones estadounidenses en el exterior, y las que siguen en el interior. Por ese motivo tienen tanta importancia varias de las reformas planeadas por la actual Administración, y en particular la reforma de la Seguridad Social a la que Bush dedicó especial atención en sus palabras ante el Congreso. La cualidad de ciudadano la otorgan su libertad y la seguridad jurídica. Se adquiere por la pertenencia a una sociedad en que las personas tiene el derecho de definir y buscar sus propios objetivos sobre la base de un Estado de Derecho. Pero esta cualidad se diluye cuando para salir adelante no puede confiar en su propio esfuerzo y en la cooperación voluntaria con otros ciudadanos, porque para cualquier actividad tiene que mirar al Estado. No sólo para saltarse sus trabas, sino para conseguir en parte sus objetivos personales y familiares. Entonces parte de su futuro no depende ya de sí y de lo que libre y honradamente pueda obtener por medio del propio esfuerzo y de la voluntaria cooperación con otros miembros de la sociedad, sino que depende de su posición en el juego de imposiciones, prohibiciones y prebendas en que consiste la política.
Un caso conspicuo es el de la Seguridad Social. El Estado detrae coactivamente (es decir, roba) una parte de nuestra renta para cumplir con su promesa de pagar las pensiones de jubilación. Aunque nuestra voluntad no tenga mucho que ver en todo este proceso, se quiere adquirir desde el Estado con la promesa de que en el futuro nosotros mismos nos podremos convertir en parásitos de otros, como otros lo son de nuestros esfuerzos. Se apela a la solidaridad. Pero lo que hay es justo lo contrario. Como quien acepta las novatadas al entrar en un Colegio Mayor porque sabe que en el futuro podrá adoptar con otros el papel de verdugo, la posición de uno en el juego de la Segridad Social cambia con el tiempo. Pero no la naturaleza del mismo. Y nada hay en el sistema que tenga un ápice de bueno. No puede haber solidaridad en lo que no es voluntario ni se ha elegido ni puede haber justicia en recibir lo que no se ha ganado. Las transferencias que uno ha hecho en el pasado en nada justifican la pretensión de ganarse recibir otras transferencias de terceros, porque nunca se puede tener derecho a apoderarse de los frutos del esfuerzo ajeno.
Se da la circunstancia de que esa promesa de participación en el robo futuro, con que se quiere comprar quienes son víctima actual de las transferencias coactivas, son falsas. La riqueza que permitiría sostener el sistema de Seguridad Social no está creada, y el propio sistema desincentiva su creación. Luego no es solo que la Seguridad Social sea por su propia naturaleza injusta, sino que no es viable económicamente a largo plazo.
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