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Columna publicada el 03-03-2005
Mientras la Unión Europea se prepara para imponer, sin proceso constituyente, una mal llamada Constitución que apuntala el despotismo buroilustrado, algo se transforma en su puerta trasera. Los países europeos que han sufrido los más brutales ataques a los derechos humanos bajo el comunismo son hoy los que más desconfían del gobierno y más sed tienen de libertad. Es así como se ha llegado, incluso, a que Estonia ocupe el cuarto puesto en el ranking del Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation y el WSJ. Es precisamente este país el que ha revolucionado el debate en política fiscal, adoptando hace ya once años el tipo marginal único.
El modelo es muy sencillo, característica que le otorga precisamente la clave del éxito: se fija un mínimo exento por encima del cual se aplica un único tipo. Para beneficiarse por completo de la sencillez del sistema fiscal se eliminan o restringen enormemente las deducciones. El resultado es que desde la casa más humilde a la compañía más grande rellenan los impuestos en un formulario de media hoja.
Los complicados sistemas de impuestos actuales son una amalgama de ineficacias e injusticias. Sus tramos más altos desincentivan el trabajo y la inversión, y serían asfixiantes si no se compensaran en parte con deducciones, que dan juego a la compraventa de favores políticos. Ni el intelectual más dispuesto a cantar las beldades del manejo público es capaz de dar con una justificación de este apaño, que por otro lado desincentiva la creación de riqueza y dirige los esfuerzos a las actividades menos gravadas, que no necesariamente las más productivas. También desvía la atención de las empresas de la atención al consumidor al amistoso acuerdo con los políticos, que tienen el inmenso poder de elegir el grupo beneficiado por las exenciones, deducciones, rebajas, etc. En definitiva, el nuestro es un sistema fiscal que favorece a los políticos y a los grupos de presión más eficaces y que perjudica al conjunto de la sociedad.
Con el desprecio que sólo se permite la ignorancia, los medios de comunicación se burlaban de la propuesta de tipo único del 17% por el empresario Steve Forbes, cuando fue candidato al liderato republicano en 1996. Dos años antes el gobierno reformista de Estonia había optado por eliminar todos los tramos menos uno. Su éxito, y la mera competencia institucional, hicieron que sus vecinas Lituania y Letonia siguieran su camino. El gigante ruso observaba con atención la experiencia báltica, que estaba permitiendo crecimientos económicos acelerados y aumentos en la recaudación pese a la rebaja de tipos, por lo que adoptó también el tipo único, que más tarde rebajaría hasta el 13% para los impuestos personales, el 15% para las empresas. Esta lista se ha engrosado con Serbia (14% con planes de nuevas rebajas), Ucrania (13%), y más recientemente Eslovaquia (19%). Georgia y Rumanía (16%) han comenzado el año con el nuevo sistema. El éxito ha sido tal que la pionera Estonia se ha quedado atrás, con un tipo del 24% que podría rebajar en breve al 20%. Polonia y la República Checa se sumarían si la oposición alcanzara el poder.
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