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Columna publicada el 11-03-2005
Era un jueves cualquiera a primera hora de la mañana. El sol salía tímidamente mientras la ciudad se desperezaba de una larga noche de invierno. Empezaban a llenarse sus calles y los más madrugadores tomaban el metro, el autobús o el tren para dirigirse a su puesto de trabajo. Los edificios de oficinas iban llenando sus ascensores, las fábricas encendiendo su maquinaria, las escuelas abriendo sus puertas. Era una mañana como cualquier otra en una ciudad que siempre tendremos en el recuerdo. Siete minutos después de la siete y media se desató la tragedia. Varios trenes de cercanías que se dirigían hacia el centro reventaron por la mitad. Los convoyes quedaron detenidos en mitad de la vía entre el humo, la confusión, la angustia y los gritos de los supervivientes. Las sirenas irrumpieron en un frenético llanto, la ciudad despertó de golpe. Se había perpetrado el crimen y daba comienzo el peor y más largo día de cuántos España recuerda desde la Guerra Civil.
La ciudad resistió el envite. Los servicios de emergencia funcionaron a la perfección. Un dispositivo como no se había visto antes prestó socorro a las víctimas y atendió a los afectados con una celeridad y una profesionalidad encomiables. No hubo colapso, no hubo pánico. Sanitarios, bomberos y policías dieron lo mejor por esa ciudad a la que servían. La ciudadanía dio un ejemplo de entereza y solidaridad. Desde los primeros testigos que se habían lanzado a las vías para ayudar a las víctimas, a los miles que acudieron a los hospitales para donar su sangre, aquel día la ciudad se miró a sí misma en el espejo y se reconoció tal cual era en toda su grandeza.
El absurdo criminal dejó 192 muertos y cientos de heridos. Dolor, rabia y congoja. Sentimientos encontrados por tanta muerte sin sentido, por 192 personas con nombre y apellidos cuyo único delito era ser ciudadanos, ciudadanos de una nación libre, orgullosamente libre. Los asesinos habían atacado, habían desafiado ese espíritu en el corazón mismo de la nación, en su capital. Cargados de odio y sin dar la cara, como los cobardes.
Al día siguiente amaneció nublado. La ciudad, taciturna y abatida, se echó a la calle por cientos, por miles, por millones. Rompió a llover, un océano de paraguas y de silencio en recuerdo de los que habían dejado su vida entre el amasijo informe de hierros en el que habían quedado los trenes. La ciudad lloraba la pérdida y hacía frente al terror con decisión y valentía. Las estaciones se cubrieron de flores, de velas y de carteles que iban dejando espontáneos. El mundo entero se volcaba con la tragedia y la nación se cogía de la mano. Unidad frente al zarpazo terrorista y memoria para los ausentes.
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