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Columna publicada el 17-04-2005
En una entrevista sobre el Valle de los Caídos me preguntaron si las medidas que está adoptando el gobierno pueden tener malas repercusiones. Le respondí que las veía muy peligrosas, porque crispan a mucha gente y pueden generar espirales de violencia, máxime en un ambiente de descomposición política como el que vivimos, pues sólo cabe calificar así la vuelta de la ETA a la legalidad, los planes de Ibarreche-Ternera y Maragall-Carod amparados por el gobierno, el deliberado intento de resucitar viejos rencores e instrumentarlos políticamente, y tantas otras cosas. Me preocupa mucho -me angustia realmente- esta pendiente cada vez más inclinada de provocaciones e ilegalidades desde el poder.
Un síntoma de esa crispación ha sido la agresión a Carrillo y a algunos de sus acompañantes en una librería de Madrid. Condenable, como todas las agresiones, no puede desvincularse del reciente homenaje oficial a quien pudo pasar a la historia como símbolo de reconciliación y está quedando como todo lo contrario. Carrillo viene alentando esa propaganda recuperadora de unos odios que creíamos enterrados para siempre, y, para más daño, el gobierno ha acentuado tales campañas con ese homenaje extemporáneo, coronado por la retirada de la estatua de Franco. Al lado del pedestal vacío permanecen, en cambio las estatuas de Prieto y Largo Caballero, golpistas y planificadores de la guerra civil, como está hoy perfectamente documentado, y de quienes se sienten sucesores los actuales jefes del PSOE. Miles de personas han recibido la innecesaria provocación gubernamental como una afrenta insoportable. Pero, como en otros tiempos, los izquierdistas y los separatistas se sienten fuertes y no vacilan en continuar su despótico hostigamiento.
La segunda del presidente ha condenado enérgicamente la agresión a Carrillo. Por desgracia nunca condenó las agresiones a políticos y sedes de la derecha, o las ocurridas en Barcelona contra Savater y otros intelectuales por hablar contra el terrorismo, etc. Todos sabemos por qué el PSOE no ha condenado sino amparado, en la práctica, tales fechorías: porque las han cometido seguidores suyos y de sus aliados, y porque le han beneficiado, o cree que le han beneficiado, políticamente.
El estudio de la historia enseña la necesidad de relacionar las palabras de los políticos con sus hechos, pues de otro modo nunca entenderíamos nada. Si sólo atendiéramos a las palabras, podríamos creer en la bondad y buenas intenciones de los guerracivilistas, ya que éstos casi siempre envuelven sus actos en frases de paz, de libertad o de lo que les convenga. El actual presidente habla de sus “ansias infinitas de paz”, pero bajo esa palabrería ha llegado al poder por medio de una violenta agitación callejera, y desde el poder ha premiado a los terroristas islámicos y a la ETA, a la cual ha facilitado el retorno a las ventajas de la legalidad. No es de extrañar que haya recibido los plácemes de los asesinos, o de tiranos como Castro o Mohamed VI, mientras que en su visita a España, el gorila Chávez se felicitó del rumbo revolucionario seguido por La Moncloa… Bajo su sonrisilla banal, el actual presidente es el hombre que vuelve a traer la violencia a España.
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