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Por Juan Ramón Rallo Julián
Jaroslav Romanchuk es vicepresidente de la oposición bielorrusa y presidente del Mises Center, un think tank liberal. Además, es autor del libro Belarus route to the future, donde propone una intensa batería de medidas para convertir su país en una de las democracias liberales más avanzadas del mundo. Nuestro colaborador Juan Ramón Rallo lo entrevistó el pasado 20 de julio en el World Freedom Summit, que este año tuvo lugar en la localidad alemana de Gummersbach.
– Por lo general, los europeos piensan que el comunismo cayó hace unos 15 años. ¿Estás de acuerdo con tal afirmación?
– No es del todo exacta, dado que los comunistas son muy inteligentes: cambian sus nombres y sus etiquetas, pero mantienen la esencia de su sistema. Básicamente, si queremos contestar a esta cuestión tenemos que observar qué porción del dinero de la gente gastan los burócratas y los oficiales del Gobierno. Así, si el nivel del gasto público sobrepasa el 50% o está muy próximo a él, si el Gobierno es propietario de una gran cantidad de activos, si su regulación estrangula las empresas, si no tolera ningún tipo de iniciativa empresarial, entonces podemos decir que el socialismo todavía está vivo.
Por eso es muy peligroso el pensamiento de muchos politólogos occidentales, que creen que el comunismo cayó hace 15 años y que ello dio lugar al fin de la historia (véase el caso de Fukuyama). Esencialmente, esto forma parte de la estrategia de los comunistas e intelectuales europeos para no verificar la validez de sus premisas. Y sus premisas deben ser revisadas: en primer lugar, porque están intentando imponerlas sobre un conjunto de países que ha sufrido el comunismo o distintas formas de estatismo durante más de 70 años.– En otras palabras, el comunismo se ha camuflado en otras tendencias, como el desarrollo sostenible o la defensa del Estado de Bienestar. Pero, ¿realmente crees que dichas ideologías son tan peligrosas para nuestra libertad como lo fue el comunismo?
– Es sólo cuestión de tiempo que adquieran la forma de un intervencionismo más peligroso y liberticida: estamos ante una cuestión de grado, no de principios. El desarrollo sostenible incurre en una curiosa contradicción: ¿cuál es el mejor modo de sostenernos? ¡El desarrollo! Europa ha sido esquilmada por el Estado de Bienestar, mientras que el libre mercado convirtió Hong Kong, Singapur y muchos otros países en sociedades desarrolladas en una sola generación.
La redistribución, la creación de un gobierno, unos impuestos y unas burocracias mundiales, da lugar a más destrucción de trabajos en los países pobres, a un mayor número de personas que mueren de enfermedades curables como la malaria y a más gente que emigra desde Bielorrusia o Ucrania hacia otros países.
Estas ideologías postcomunistas pueden dar lugar a la quiebra de Europa. Es una predicción un tanto catastrófica, pero los países europeos deberían tener presente el ejemplo de Nueva Zelanda en 1984. Desde luego, a países como España o Alemania les puede costar alcanzar el colapso, pero hoy por hoy ese colapso es inexorable.
La solución a todo esto no pasa por imponer a las empresas una especie de responsabilidad social corporativa, sino por soluciones muy simples que fueron desarrolladas y explicadas desde hace bastante tiempo por gente como Adam Smith, Mises, Rothbard, Kirzner o muchos otros economistas significativos que han sido excomulgados por las universidades... y por el Gobierno.
– En cualquier caso, el comunismo tradicional, definido como la propiedad pública de los medios de producción, colapsó hace 15 años. En perspectiva, ¿cómo valorarías este proceso de transición hacia sociedades supuestamente libres?
– Para empezar, hay un país que no se ha movido hacia ninguna parte: Bielorrusia, la última dictadura de Europa. Tenemos un Gobierno que no tolera ningún valor o principio en los que se basa Occidente. Por otra parte, Rusia o Ucrania tienen estados deficientes: tienen que cambiar todos sus sistemas administrativos. El problema, sin embargo, es que son países que padecieron revoluciones antigubernamentales que fracasaron.
A principios de los 90 estos países tenían que moverse desde el comunismo al capitalismo, desde la esclavitud a la libertad, y lo hicieron de muy mala manera, pues buscaron una guía intelectual en Occidente. Esta guía vino de Jeffrey Sachs, Galbraith o gente que acababa de destruir África con su teoría económica. Todos estos economistas llegaron a la misma conclusión: “Copiadnos a nosotros. Somos los mejores, somos ricos, y vosotros seréis ricos si nos copiáis”.De esta manera, los intelectuales de nuestros países que tomaron acríticamente las ideas occidentales empezaron a copiar las instituciones del Estado de Bienestar. Y, como hemos dicho, el Estado de Bienestar provoca numerosos errores como consecuencia de la expansión del poder político.
Por todo ello, la gente se levanta en armas y emprende una revolución contra el Estado. Estas revueltas pueden ser positivas si no son sangrientas, pero en muchos casos sí corre finalmente la sangre.
– Sin embargo, desde Occidente vemos en televisión que estos regímenes oligárquicos, como el de Kuchma en Ucrania, en muchas ocasiones han sido derrocados a través de esas revoluciones pacíficas que afirmas han fracasado. En este sentido, ¿qué opinión te merecen las famosas “revoluciones naranja”?
– La razón por la que he dicho que estas revoluciones están a punto de fracasar o ya han fracasado, como en el caso de Ucrania, es que no han proporcionado aquello que los revolucionarios prometieron, no han estado a la altura de las expectativas. Por ejemplo, ¿qué clase de revolución es aquella que establece precios máximos? ¿Qué clase de revolución es aquella en la que el Gobierno empieza a regular la venta de combustibles? Hemos tenido nacionalizaciones, reprivatizaciones e incrementos del gasto público.
En Ucrania se despidió a 80.000 burócratas para sustituirlos por 80.000 nuevos funcionarios (en muchos casos, con una menor educación y menores conocimientos), nombrados para ocupar exactamente las mismas funciones, en el mismo marco administrativo. Ésta es la mejor manera para crear más burocracia, más corrupción, más oligarquía. El Estado no se redujo en ningún sentido para acercarse a la gente. El poder oligárquico-económico sigue estando allí.
Los políticos siguen hablando de la necesidad de ganar las siguientes elecciones parlamentarias, y luego pedirán ganar las locales; es sólo una excusa para mantenerse en su posición de control. En el fondo, desconfían enormemente de la gente corriente, pues piensan que es incapaz de distinguir entre el bien y el mal.
Se trata de la típica arrogancia de los ungidos: los políticos creen que, de alguna manera, ellos tienen una mejor educación para dirigir al pueblo.
– Así pues, deberíamos ser muy cuidadosos para no confundir las “revoluciones naranja” con revoluciones liberales o capitalistas.
– Completamente de acuerdo. Después de 15 años podemos afirmar, sin lugar a dudas, que no ha habido ni una sola revolución capitalista en Europa Central y del Este. El caso que más se aproximaba era Estonia, pero ahora ha sido corrompida por la legislación de la Unión Europea, por el acervo comunitario; ha reintroducido 11.000 aranceles y numerosas regulaciones, y ahora está siendo presionada para que vuelva a implantar el impuesto sobre sociedades. Por lo tanto, Estonia es un típico ejemplo de Estado burocrático.
Lo que necesitamos, básicamente, es oponernos al Consenso de Washington, ya que sus errores son patentes: ha creado estados oligárquicos, proteccionismo y pobreza. En Rusia o Bielorrusia casi el 40% de la población vive en la pobreza. ¿Por el capitalismo o porque se ha pretendido aprovechar el Estado para redistribuir la riqueza desde la población a la nomenklatura? Obviamente, se trata de esto último; nosotros no hemos tenido una revolución capitalista.
Cuando Corea del Sur, Japón, Hong Kong o Singapur iniciaron sus reformas capitalistas, el gasto público en estos países estaba por debajo del ¡15%! Ahora, en Europa del Este estamos por encima del 50%. Por tanto, es imposible que se produzcan resultados sociales positivos, por no hablar de los resultados económicos.
– ¿Confías en que la Unión Europea pueda estimular auténticas revoluciones capitalistas?
– De entrada, la UE está inmersa en una crisis profunda; de tal calibre que nadie sabe qué aspecto tendrá dentro de 10 ó 15 años. Obviamente, la UE no tiene credibilidad alguna para dar ningún tipo de consejo a nadie. Sólo observando el fracaso de los Compromisos de Lisboa podemos darnos cuenta de que no ha sido capaz de realizar aquello que prometió. Estamos en la peor tradición de los planes quinquenales de la URSS.
En lugar de crear cultura empresarial y de abrir las puertas a libertad individual, en la UE es el Gobierno quien domina la economía. Es realmente estúpido, por ejemplo, que la UE pida a Irlanda o a Estonia que aumenten los impuestos, cuando su reducción ha generado un espectacular crecimiento económico y prosperidad social.
Por eso, creo que el movimiento liberal mundial, más que la UE, debe proporcionar la base necesaria para emprender las reformas capitalistas en Europa del Este.
Tenemos que dejar claro que la única teoría económica que no han experimentado los países en vías de desarrollo ni los países ricos ha sido la austriaca, la teoría liberal. ¿Por qué no se da una oportunidad a estas ideas? Después de 30 años lidiando con “terceras vías”, creo que ahora tenemos una oportunidad para implementar el capitalismo, y debemos estar preparados para ello.
– Centrándonos en tu país, ¿cuál es la situación allí?– La Unión Soviética no colapsó, sino que se trasladó a nuestra república. Si quieres comprobar de primera mano cómo funciona el socialismo, ven a Bielorrusia. Es una gran ocasión para investigadores y estudiantes, para ver cuál es el aspecto de un moderno Estado totalitario.
Los occidentales pueden disfrutar con la visita: calles limpias, gente hospitalaria y mujeres hermosas. Si no participas en política, si no intentas montar un negocio, si no te dedicas a la educación, entonces estás a salvo. Pero si quieres realizar cualquiera de esas actividades tendrás enormes problemas.
Tenemos prisioneros políticos y disidentes que han sido asesinados o deportados por el Gobierno, pues suponen una amenaza para el hermoso “modelo socialista de Bielorrusia”. No hemos tenido elecciones libres desde hace más de diez años: los diputados han sido nombrados a dedo por el señor [Alexander] Lukasenko [presidente del país] y su clan.
Cuando Rusia deje de subvencionar a Bielorrusia habrá un gran desastre económico. Éste es el motivo por el que no nos creemos las increíbles cifras de desempleo: por debajo del 2%. Y es que, si estamos viviendo un milagro económico, ¿por qué nadie viene a Bielorrusia a establecerse?
– Tú eres uno de los líderes de la oposición, y también el presidente de uno de los think tanks liberales del país. Si llegarais al Gobierno, ¿qué cambios políticos y económicos introduciríais?
– Bueno, recientemente he publicado un libro, titulado El camino de Bielorrusia hacia el futuro, que es el punto de referencia del programa político liberal de la oposición. No contiene teoremas, sino propuestas muy concretas de reforma.
Políticamente, la democracia parlamentaria es el mejor sistema para un país como Bielorrusia. Por supuesto, hemos de disponer de derechos humanos, entre ellos las libertades de expresión y de reunión. En este sentido, resulta prioritario privatizar la radiotelevisión pública, una reforma que ni un solo país centroeuropeo realizó, ya que todos los gobiernos quisieron conservar el control sobre los medios de comunicación. Pero debe haber libertad de entrada y competencia en este sector.
Económicamente, queremos introducir la libre competencia entre monedas, permitiendo a los bancos crear su propio dinero si lo respaldan con mercancías, como el patrón oro. De hecho, haría un llamamiento a todos los bancos mundiales para que comenzaran a imprimir billetes y a acuñar monedas en Bielorrusia. Todo esto es algo que muchos teóricos monetarios están demandando; recientemente, incluso el Premio Nobel Robert Mundell ha dicho que éste es el sistema del futuro.
En lugar de 38 impuestos propongo sólo cinco, que serían básicos y de tipo único; así, por ejemplo, un 10% en el impuesto sobre la renta, y no tendríamos ni impuesto de sociedades ni IVA, fuente de corrupción continua en Bielorrusia; en su lugar tendríamos un impuesto sobre ventas al por menor. Los beneficios de este impuesto son enormes, ya que los exportadores no se verían sometidos a él. En cuanto a aranceles, tendríamos un tipo único del 3 ó 4%, sin discriminar por bienes según su valor. Sería un sistema claro y transparente.
Estoy seguro de que sería el mejor sistema fiscal del mundo.
Tenemos una estrategia muy clara para saber cómo privatizarlo todo. No vamos a establecer exigencias a los inversores sobre creación mínima de puestos de trabajo o construcción de guarderías. Tendrán que ser subastas muy abiertas y transparentes, anunciadas en televisión, que no discriminen a nadie bajo ningún principio. El Estado no tiene ni por qué ser propietario de los edificios donde está instalado.
Esto son prioridades de un Estado que funciona, no de uno que fracasa.
– Muchas gracias por tu tiempo, y suerte.
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