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Columna publicada el 21-08-2005
En una ocasión Luis Napoleón Bonaparte dijo que: “la cantidad de bienes que exporta un país a otro es proporcional al número de cañonazos que se pueden disparar contra el enemigo con honor y dignidad”. De aquí se deduce, evidentemente, que las importaciones son los cañonazos que nosotros recibimos de los otros países. Casi doscientos años después, los proteccionistas europeos siguen pensando igual.
Es lo único que saben hacer bien los políticos y altos burócratas: destruir el comercio y prosperidad de las naciones con guerras comerciales, y también las vidas de las personas con sus políticas exteriores (intervenciones militares, guerras…). No en vano, el brillante economista Ludwig von Mises afirmó que “la filosofía del proteccionismo es la filosofía de la guerra”.
Antes que los gobiernos se entrometiesen en los asuntos económicos las guerras comerciales, tal y como las entendemos ahora, no existían. Efectivamente, la razón por la cual hoy día usted compra más caro en una tienda no se debe al libre mercado, que es casi inexistente (de momento), sino a las peleas internacionales de los políticos. Sus pantalones, sus camisas, sus productos de cocina… son las armas que usan para enriquecerse ellos, y las empresas más ineficientes. El perdedor es el empresario eficiente y el consumidor.
Tenemos esta semana un ejemplo fresco. El 1 de enero de este año entró en vigor la liberalización de productos textiles a nivel internacional. Esto provocó varias consecuencias: que los políticos perdieran una relativa fuerza sobre las actividades económicas, que las empresas ineficientes y obsoletas tuvieran problemas para seguir en el mercado, que los consumidores tuviéramos más productos textiles y más baratos y que las empresas eficientes recibieran más beneficios generando más bienestar. Gracias a esto último, en parte, Zara ha entrado en la lista de las cien mayores marcas del mundo (la 77, y es la única española de la lista).
Pero esto no gustó a los políticos ni a las empresas ineficientes (¡organizadas en lobbies, como no!). Así que decidieron reabrir la guerra comercial perjudicándonos a todos. El pasado mes de junio la UE firmó un acuerdo con China que establecía restricciones hasta 2007 para las importaciones procedentes del gigante asiático. ¿Y cuáles han sido los resultados?:
- Las cuotas anuales de blusas, jerséis y pantalones han sido superadas. Los pedidos de los comerciantes no están en las tiendas, sino en el puerto bloqueadas por el estado.
- También, la demanda ha sobrepasado con creces la cuota fijada para la entrada de ropa de cama, de mesa y vestidos de mujer.
- Y en breve, la cuota anual de sujetadores y camisetas también se superarán.
En el Financial Times varios ministros entrevistados advertían que las “empresas comerciales europeas se enfrentan a la bancarrota o a serias pérdidas financieras. Muchos puestos de trabajo podrían perderse”. Sumémosle algo más, y es que si hay una reducción en la oferta de un bien puede haber un aumento en su precio; lo que significa que el consumidor, nosotros, tendremos que pagar más por la temporada de otoño. También es cierto que el empresario podría absorber la pérdida y mantener el antiguo precio, pero esto llevaría a lo que ha apuntado el Financial Times.
Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana
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