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Columna publicada el 28-08-2005
La educación siempre fue mayoritariamente privada. Nuestra sociedad dio con la institución que le sirviera para transmitir la riqueza de nuestra cultura, y para formar ciudadanos en el sentido más amplio y profundo de la palabra. La Revolución Industrial multiplicó la riqueza en manos de las familias, y ha ido cambiando el tipo de trabajo que necesita la economía. De estar atados a la servidumbre de la tierra, el hombre se fue incorporando progresivamente a la industria y los servicios, ámbitos en que cada vez se necesita más nuestra capacidad intelectual y menos el desempeño físico. De este modo, la demanda de educación se hizo más intensa, y las sociedades más progresivas lograron extenderla hasta prácticamente toda la población. Antes de acabado el siglo XIX, la escolarización universal había llegado al menos para estadounidenses y británicos.
La fe en la iniciativa privada cayó con el siglo, y la mano muerta del Estado se fue extendiendo de un ámbito a otro de la vida ciudadana, sin dejar un resquicio. La educación libre y privada da lugar a ciudadanos informados y críticos, algo que el estatismo no está dispuesto a tolerar. El deán de la educación pública, John Dewey, lo dejó claro en sus obras, en frases como “la gente independiente y que actúa por sí misma eran un anacronismo para la sociedad colectivista del futuro”, o “cualquiera que haya comenzado a pensar, pone una parte del mundo en peligro”. Un riesgo que los adoradores del Estado no están dispuestos a tolerar. El mayor impulsor de la educación pública en Estados Unidos fue Horace Mann, quería robar a la familia y otras instituciones como la Iglesia el ejercicio de la educación, que pasaría exclusivamente por los centros de educación (y adoctrinamiento) del Estado.
Para justificar esta política se han dado decenas de argumentos falsos. Uno de ellos, el más persistente y repetido, es que sin educación pública los más pobres no podrían acceder a ningún tipo de educación. Esto es completamente falso. No es ya que países como Estados Unidos o Inglaterra alcanzaran la universalización de la educación ya en el XIX, es que incluso hoy, los más pobres en los países más pobres, pueden acceder a la educación gracias a la iniciativa privada, más que a la pública. El experto en educación en el tercer mundo James Tooley ha descrito en varios artículos cómo allí donde no llega la educación pública, o donde falla porque los profesores simplemente no acuden o no dan clase, surge la iniciativa privada para suplir esa carencia.
No es ya que no sea necesaria la acaparadora iniciativa pública para educar a los más pobres, sino que no es lo mismo que el Estado pague un servicio a que lo provea él mismo. Esta fue la gran contribución de Milton Friedman a la política económica, que hizo en 1955, y que ha cumplido cincuenta años. Entonces propuso un sistema de cheques escolares, que el Estado entregaría a las familias con menos recursos. Estos cheques los pueden gastar en el colegio privado que elijan. Luego el Estado rescata los cheques, que cambia por dinero. De este modo el Estado garantiza el pago de la educación a las familias que menos tienen, y por otro lado las familias pueden elegir la educación que quieren para sus hijos. Los colegios entran en competencia por recibir el favor de los padres, y se esfuerzan por ofrecer una mejor oferta educativa.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana
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