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La reacción islamista ante la publicación de unas caricaturas de Mahoma es una de esas cosas que lanzan las contradicciones de la progresía a su cara. Llevan décadas defendiendo a quien, como Andrés Serrano, se gana la vida ofendiendo los sentimientos de los cristianos (cubriendo la Virgen María de heces y pornografía o inundando un crucifijo en su orina), e identificando la dolida reacción de quien se siente ofendido con retrógrados intentos de limitar la libertad de expresión. Pero cuando se trata de quienes practican la ablación del clítoris, la sensibilidad progresista ante los sentimientos religiosos aparece no se sabe de dónde.
La clave es que el cristianismo, nos guste o no, es uno de los dos pilares de nuestra civilización, junto con la tradición clásica. Y como son los valores civilizados como la libertad, la propiedad y la responsabilidad individual (el liberalismo, en definitiva), el objeto de desprecio y crítica por la izquierda post-ruinas de Berlín, cualquier cosa vale contra el cristianismo. Incluso Andrés Serrano. Incluso el Islam. Aunque en un caso defiendan la libertad de expresión por encima del respeto a los sentimientos religiosos y en el otro el respeto a la religión por encima de la libertad de expresión.
En cualquier caso, ¿dónde están los límites de la libertad de expresión, y dónde queda el respeto a los valores ajenos? Ofender no es un acto unilateral, depende de cómo se sienta el otro y sobre ello no podemos tener un control total. Si prohibimos las manifestaciones que puedan ofender a terceros, dado que cualquiera puede sentirse legítimamente ofendido por cualquier cosa, les estaremos dando a todos el derecho de prohibir la libertad de expresión de cualquiera.
La libertad no es lo mismo que el uso para el bien de la misma. También se puede utilizar para lo inmoral, lo feo, lo desagradable. No tenemos más que encender la televisión para comprobarlo. O acudir a ARCO. Pero no podemos permitir la libertad a lo que consideremos bueno, porque acabaremos matándola. ¿Qué nos queda, entonces? Combatir las expresiones de ideas con más expresiones de ideas. Por ejemplo, declarando que tal viñeta u obra de arte nos parece fea o inmoral. Lo que no podemos hacer es ni prohibirla ni lanzar piedras contra embajadas extranjeras.
Una de dos, o logramos que esos valores que hemos hecho nuestros, pero que son universales, como la libertad de expresión, prevalezcan, o estamos perdidos. El triunfo del socialismo en Alemania, Rusia o China en el Siglo XX demuestra que ninguna de nuestras libertades están aseguradas, y que solo un firme apego a ellas nos puede salvar. Este cartel sostenido por una mujer con un Burka, que dice que "la libertad de expresión es el terrorismo occidental", tiene la virtud de expresar que la libertad es nuestra vía para hacer llegar nuestra civilización, y el terrorismo la del Islam de hacer llegar la suya. Pero esto último es innecesario. También tendrán que acostumbrarse a la expresión libre incluso de lo que consideren más incómodo.José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana
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