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No es poco común desconfiar de los datos macroeconómicos. En ocasiones incluso las discusiones políticas giran sobre aumento del PIB o la tasa de inflación, sin que muchos vean qué implicaciones pueden tener esas cifras para ellos. Incluso las pueden ver engañosas. Y, por supuesto, tienen toda la razón. El progreso económico es tan rico, tan amplio y caleidoscópico que se resiste a ser atrapado en un indicador como los cambios en el producto interior bruto.
Por ejemplo. Si damos el dato de que el PIB por habitante en Chile se ha doblado en los últimos 12 años en términos reales, podemos hacernos una idea intuitiva de lo que ha pasado en ese tiempo: la renta de los chilenos, medida en dólares, es groso modo del doble. Pero la realidad es mucho más compleja que eso. Porque para acercarnos a la realidad hemos descontado la inflación, el aumento generalizado de los precios. Lo que nos interesa es en realidad qué compran con ese dinero. Pero la inflación solo puede captar, torpemente, el precio de los bienes, no la calidad de los mismos. Cuando los organismos públicos hacen una “cesta de la compra” y crean una categoría para productos informáticos, no distinguen entre un 386 y un Intel de doble núcleo, los dos entran por igual en la misma casilla. En realidad, a medida que pasa el tiempo, la mejora tecnológica nos hace la vida más fácil y cómoda y nos permite hacer más cosas que antes, un progreso que se les escapa necesariamente a los esforzados funcionarios que clasifican los bienes y registran los precios.
No es la única razón por la que los datos macroeconómicos son incapaces de captar en toda su riqueza el progreso económico. Dos economistas, Christian Broda y David Weinstein han hecho un estudio ingenioso, en el que se preguntan precisamente si los datos no estarán dando una impresión errónea de los beneficios de la globalización para los Estados Unidos, su país. Ellos han encontrado que en 1972, los Estados Unidos importaban 7.800 tipos diferentes de bienes, cada uno de ellos importados desde seis países de media. Para 2001 los datos son 16.390 tipos de bienes, más del doble, importados de en torno a doce países de media. Es decir, que la variedad en los bienes que importan, como los que producen, se hace cada vez mayor. En consecuencia los consumidores tienen más opciones entre las que elegir, lo que nos ocurre también a nosotros. Cada año se producen bienes que no tienen precedentes. Nada de ello se recoge en un dato macroeconómico.
La insuficiencia de los datos para abarcar el desarrollo económico tiene todavía otro aspecto, que se ve claramente si observamos a los más pobres del mundo. Hay áreas en las que la renta que generan los pobres apenas ha cambiado en las últimas décadas, lo que sugiere un estancamiento que les deja al margen de la prosperidad generada por la globalización. Pero incluso en estas áreas se está produciendo una mejora en la calidad de vida que el PIB no puede captar. Un artículo de Ronald Bailey refería a un estudio que intentaba captar en lo posible cuál es la convergencia real de pobres y ricos en el mundo. Pero hay otros datos que tienen más que ver con las necesidades básicas, como el consumo de calorías, la esperanza de vida, el analfabetismo o la mortalidad infantil. Todos muestran que, lejos de separarse, ricos y pobres en el mundo convergen en la satisfacción de lo más necesario. En definitiva, no sólo estamos progresando, sino que lo hacemos a un mayor ritmo del que nos pueden decir los datos.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana
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