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Todavía no es Galicia nación ni realidad ni entidad nacional ni cosa por el estilo, y ya ha provocado su gobierno un grave incidente diplomático. La potencia extranjera agraviada ha sido Extremadura. También Asturias se ha sentido herida y lo mismo Castilla y León, pero la respuesta extremeña a las pretensiones del nacionalismo galaico ha sido tan contundente que ha levantado ampollas en Compostela. Se estudiaría la retirada de los embajadores si los hubiera. El motivo del conflicto es la "fala", un dialecto que se habla en varios pueblos cacereños fronterizos y que el BNG asegura que es gallego. ¿Ciencia ficción? No. Pura y dura realidad de la España tambaleante de Zapatero.
Hitler empezó con los Sudetes, so capa de las humillaciones que se infligían allí a la minoría alemana, y ya sabemos cómo acabó la historia. Según el BNG, en las regiones antes citadas, hay unas 80.000 personas "que se encuentran en una situación de impedimento" para utilizar el gallego. Los nacionalistas han instado así al gobierno, presidido, dicen, por Touriño, a acudir en ayuda de esos gallegoparlantes maltratados y sojuzgados en sus comunidades. Pero éstas han visto la zarpa expansionista, y han puesto el grito en el cielo.
Peor aún. Al gobierno extremeño le ha dado la risa. Ibarra ha sacado del cajón sus apuntes de filología y ha sentenciado que la fala no es gallego, sino "un dialecto derivado del tronco común del galaico-portugués con adherencias asturleonesas". Ha calificado de "fantochada ridícula" la propuesta, ha denunciado las "fantasiosas premisas" que sustentan "el delirio imperialista", y no ha dejado, en fin, títere con cabeza. Y los títeres se han sentido ultrajados. Más aún, han bramado que la ofensa mancha a Galicia y al gallego. La iniciativa era del Bloque, pero el vicepresidente de la Xunta ha utilizado su cargo para exigirle disculpas a Ibarra. Ha hecho del lance una cuestión de estado, de estadito.
El BNG sólo se representa a sí mismo, pero como todo nacionalismo excluyente, pretende apropiarse y encarnar a Galicia. Su estrategia de provocaciones a las comunidades colindantes no es casual. Persigue atizar el "sentimiento nacional". Lanzan la piedra, y si el agredido responde, chillan "¡Mirad cómo nos maltratan!", "¡Ved cómo nos zahieren!" Y alimentan el victimismo, piedra angular de esta matraca. Ahora, con la fragmentación de España en vía rápida, se descompone el odio a lo español. El gran mantra, el clásico, todavía es "Puta España", pero ya empieza a haber palabritas para los que eran antesdeayer "pueblos hermanos" unidos para liberarse de la opresión... de ellos mismos.
La guerrita de la fala lleva apostilla extremeña. La Junta, tras tildar de "aprendices de brujo" a los bloqueiros y mostrar compasión por el compañero Touriño, proclama de nuevo probada "la incompatibilidad entre los desvaríos nacionalistas y la ideología de izquierda". ¿Qué ideología? Pues la que permite que ZP conceda privilegios a unas comunidades y engatuse a otras con el caramelito de la "realidad nacional". La que posibilita que se jacte de alta velocidad política, mientras deja tiradas a las regiones atrasadas. La que le induce a ceder a las demandas más retrógradas y liberticidas, y a acabar con la igualdad de los ciudadanos ante la ley. La misma, en fin, que cierra la boca de Ibarra y sus cuates mientras la cúpula de su partido se entrega a los desvaríos nacionalistas y al pacto con ETA. Si a eso se le llama ideología, habrá que convenir que es la ideología de la voluntad de poder.
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