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Quien diga que en España no se ha inventado nada, quitando la fregona y el chupachups, yerra de medio a medio. Andan los científicos de otros países a la busca de una droga que permita anular recuerdos para tratar el stress post-traumático, y aquí existe ya una sustancia con mucho más poder. No se ha patentado todavía, pero pruebas hay de que ese opiáceo existe y de que manda al olvido toda clase de episodios inconvenientes. Funciona de un día para el otro, de una semana a la siguiente, y de un mes como febrero a otro como abril. Pues era en febrero, y a finales, cuando De la Vega y Blanco, tanto monta, monta tanto, se encocoraban contra la reacción a un comunicado de ETA que no hablaba de tregua ni de alto ni de paz, sino de lo de siempre. Y decía el uno: los socialistas no son "comentaristas políticos" de las digresiones etarras. Y la otra: sólo se comentará la nota que anuncie el final de la violencia. Y venga palos a los que allí leían las ansias infinitas de poder de la banda.
Un mesecillo después, la tropa de Zetapé comentaba sin rebozo el panfleto en el que no se anunciaba el final, sino una pausa. Y al cabo de otro mes, de una remesa de cartas de extorsión y un par de atentados, se ha erigido ya en intérprete de la voluntad de los terroristas. No ha dicho la ETA ni mu sobre el incendio de la ferretería y los cócteles en Getxo, pero han hablado por ella ZP y Moraleda, con la cobertura de Rubalcaba. Así que en dos meses han pasado del no comment a comentar, y de ahí a interpretar, un salto cualitativo para unos actores que han intuido la esencia del método Stanislawski y han interiorizado el personaje. Intérpretes son, o ventrílocuos. Aunque no está nada claro quién pone la voz y quién hace de muñeco. El espectáculo es para alquilar balcones. El gobierno, en lugar de exigir pruebas, y mientras tanto dar por roto un alto el fuego que nunca debió celebrar con servil alborozo, asume la portavocía de la banda para asegurar que no dio ella la orden.
Pero esto se veía venir desde que Zapatero enunció la nueva doctrina de la voluntad, derivada de su "ética práctica", léase oportunismo. No importa que entreguen las armas, dijo, sino que tengan la voluntad de no usarlas. Con tal sustitución de un criterio objetivo, aunque insuficiente, por otro subjetivo y mucho menos fiable, se preparaba el tránsito a la interpretación. Pues es el gobierno quien va a interpretar a ETA, o eso pretende. Y para un gobierno que apuesta su capital político al éxito del entendimiento con los terroristas, ni incendios ni chantajes, ni amenazas ni crímenes mayores, constituirán señales de mala voluntad, que eso supondría el fin del trato y del negocio.
Y cuando una banda terrorista sabe que el gobierno no le colgará el teléfono, puede jugar a la guerra y a la paz. Dar una de cal y otra de atentados. Que serán los "accidentes", las perrerías de incontrolados, de gamberros, de pirados o, como insinúa la claque batasuna, de los "provocadores" a quienes no interesa "la paz". Una especie ésa, que iba implícita en ese mero "muy graves" con que Batasuna ha adjetivado los sucesos de Getxo y Barañáin. Allí donde se explayan sus "analistas" diseminan el rumor de que las empresas de seguridad y la extrema derecha van a hacer de las suyas para entorpecer el Proceso. Veremos lo que tarda el gobierno en acogerse también a esa tesis. Que en la botica de ZP aún queda lugar para nuevos alucinógenos que transfiguren cuantas violencias salpiquen la negociación con la ETA.
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