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Columna publicada el 01-05-2006
Hace más de veinte años, en los primeros ochenta del siglo pasado, tuve el gran honor de conocer personalmente a Jean François Revel. Fue durante una cena en el restaurante “El Molino” en honor del más influyente de los intelectuales liberales del último medio siglo y uno de los pocos y verdaderos amigos de España que ha dado Francia en todo ese tiempo y su anfitrión fue el gran periodista y crítico gastronómico Xavier Domingo. Asistimos también Carlos Dávila, periodista político de Diario 16, y yo, recién llegado desde la literatura y la docencia al diario dirigido por Pedro J. Ramírez y a la revista Cambio 16, donde colaboraba ya Revel.
Aquella noche, Revel bebió vino como para tumbar a dos o tres hombres robustos –él lo era, en un estilo que siempre me recordaba a Von Stroheim– y durante la sobremesa quedó en una posición varada, entre diagonal e inclinada, que le permitía asistir a la charla sin participar en ella pero sin, aparentemente, perderse nada. Ni se levantó ni se derrumbó. Era un milagro de solidez moral, política, ideológica y hepática. Como para los demás presentes, Revel era ya entonces un maestro; o mejor: el maestro. Para mí, antes de aquella noche y sin duda después, significó mucho más que un modelo intelectual: un estilo de agitación política; la prueba de que cualquier política realmente liberal en las sociedades democráticas es inseparable del periodismo; que no existe un periodismo comparable al de las ideas; que no hay idea comparable a la de la Libertad.
De las demás veces en que lo vi y pude hablar con él recuerdo su participación en una de las primeras Jornadas Liberales Iberoamericanas, que es donde comenzaron a gestarse “La Ilustración Liberal” y “Libertad Digital”. Fue en tierras alicantinas y el mismo día en que Carlos Alberto Montaner me presentó a un brillantísimo Plinio Apuleyo Mendoza y poco antes de que aparecieran en las Jornadas Mario Vargas Llosa y su hijo Álvaro. Prácticamente todos los intelectuales iberoamericanos importantes de nuestra cuerda acabaron yendo alguna vez a Albarracín cuando las Jornadas Liberales se trasladaron definitivamente allí, gracias al patrocinio de Manuel Pizarro e Ibercaja.
La penúltima vez que le recuerdo fue en un homenaje al propio Revel organizado por José María Álvarez en la Universidad de Murcia. Yo fui uno de los invitados y pronuncié una conferencia sobre sus Memorias: “El ladrón en la casa vacía”. No recuerdo si la llevé escrita del todo o solamente el guión. Tampoco la tengo a mano. Sí recuerdo que en la cena su problema con el alcohol parecía haberse agravado, pero seguía estando lúcido y brillante como siempre por la mañana, que era cuando escribía.
La última vez fue en la imposición de la Gran Cruz de Isabel la Católica que se celebró en La Moncloa y que fue el acto de despedida de Aznar al frente del Gobierno. Antes del presidente y del condecorado Revel hablaron Miguel Ángel Cortés y Esperanza Aguirre, que pronunció un gran discurso en el que nos reconocimos, como liberales y españoles, todos los presentes. Fue la última gran reunión de intelectuales y políticos españoles de la derecha liberal, porque asistió todo el que pudo, y recuerdo que yo hice la crónica para Libertad Digital. Fue una mañana diamantina, de sol y frío, de indecible melancolía, porque todos teníamos la conciencia de vivir el final de una época, aunque nunca esperamos semejante entierro. Hablé un rato con Revel y, lejos del estilo amable, distante y tendente a la deserción de los compromisos sociales que solía cultivar, le vi sinceramente emocionado. Tanto o más que nosotros. Me pareció un gran gesto de Aznar y un homenaje que le debíamos todos, como liberales y como españoles.
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