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Un reciente estudio analizaba las reacciones de hombres y mujeres ante los gestos faciales de nuestros congéneres. Estas seis muecas –ira, disgusto, miedo, alegría, tristeza y sorpresa– son universales en todas las culturas, lo que indica que tanto su expresión como su reconocimiento son mecanismos innatos, impresos en nuestros genes. Los resultados del estudio no deberían sorprendernos; las mujeres son mucho más sensibles a todos ellos con una excepción: los hombres son especialmente hábiles en reconocer la ira en el rostro de otro hombre. Las razones son evolutivas, ya que quienes son capaces de reconocer este sentimiento tendrán más posibilidades de sobrevivir y de que sus genes pervivan y, dado que la mayor violencia en la historia humana se ha dado en hombres con respecto a otros hombres, esa necesidad es más acuciante en éstos.
Y es que la violencia forma parte de nuestra historia como especie desde que dimos nuestros primeros pasos por el mundo. Por eso resulta especialmente ridículo que algunos ingenieros sociales se centren en denunciar la violencia en el cine, la televisión o los videojuegos como si ésta fuera un comportamiento aprendido y no algo connatural a la misma esencia del hombre. El que la cultura occidental, la mejor adaptada entre las existentes para obtener el mejor partido posible a la naturaleza humana universal, haya dictaminado la genérica maldad de la violencia –con alguna excepción como la defensa propia– no significa que ésta no esté íntimamente ligada a nuestra especie, porque no todo lo natural es necesariamente bueno en términos morales.
Las propuestas de legislación norteamericanas contra los videojuegos parecen olvidar esta cuestión básica. Así, sus propuestas legislativas recuerdan a la indignación del capitán Renault, en Casablanca, cuando cierra el local de Rick porque ha descubierto que en él se juega, segundos antes de recibir sus ganancias de la noche. Si echaran la vista atrás, recordarían sus propios juegos infantiles teñidos de violencia, aunque fueran mucho menos sofisticados y, por lo tanto, entrañables en su memoria. Pero ellos también jugaron a matar a sus amigos del alma, y se divirtieron y rieron con ello. Nada malo hay en ello; al contrario. Ser conscientes de la violencia que anida en nuestra alma es la única manera de empezar a aprender a controlarla en nuestro beneficio y el de toda la sociedad. Pero lo que hay que tener en cuenta es que esa característica humana es la que hace atractivos esos juegos, no los juegos los que provocan la aparición de la misma.
Los padres, por supuesto, son los más interesados en que sus hijos aprendan ese autocontrol, y en su labor puede interesarles vigilar a qué juegan y cuánto tiempo. Es por esa necesidad que nació el código PEGI, propuesto por la industria para informar a los padres sobre lo que juegan los niños. Resulta absurdo ir más allá; no sólo significaría legislar contra la libertad de expresión –del mismo modo que prohibir la comercialización de ciertos libros a menores lo es también– sino que resultaría tremendamente ineficiente. Los políticos deben empezar a acostumbrarse a dejar en manos de la sociedad civil aspectos como éstos, más que nada porque Internet puede dejar por imposible de hacer cumplir cualquier regulación que quieran establecer. Una razón más para bendecir la Red.Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.
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