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Cada vez que el Gobierno da un titular, nuestro bolsillo tiene un nuevo agujero. El último es el plan de asignación de los derechos de emisión de CO2 de Kioto, que costará a los españoles no menos de 4.200 millones de euros, más desempleo y menos competitividad de nuestras empresas, en un mundo globalizado. Y todo ello, ¿por qué?
La temperatura de la Tierra se determina casi en su totalidad por el comportamiento del sol, pero también está condicionada por el efecto invernadero, que aporta 153 watios por metro cuadrado. De ellos, 150 se deben al vapor de agua y los otros 3 a otros gases, principalmente el CO2. Sólo una parte de éste es producido por el hombre. Con estos datos, ¿le parece que es la actividad del hombre la que causa el calentamiento global?
Los ecologistas y los gobiernos dicen estar preocupados por el calentamiento global, pero no hablan del principal regulador del clima, el sol. En sus homilías sólo se refieren al efecto invernadero, pero jamás al vapor de agua, pese a que depende de él casi en exclusiva. Sólo les interesa el CO2, y de éste sólo el que producimos nosotros, cuando a la Tierra le da exactamente igual uno que otro. Siendo así, ¿podemos seguir pensando que es la temperatura de la Tierra y no nuestra economía lo que les interesa?
La ONU pasa del calor del sol, pasa del vapor de agua y pasa del CO2 natural. Del producido por nosotros sólo se ha centrado en determinadas economías y de ellas en algunos sectores. Sobre esta parte insignificante de los factores que condicionan la temperatura de la Tierra tenía dos opciones:
- Favorecer la libertad económica, con ella el desarrollo económico y social y el tecnológico. Y con la tecnología, una mayor producción con menores emisiones de CO2.
- Controlar la economía por medio de un sistema de racionamiento (el protocolo de Kioto) que busque reducir directamente las emisiones de CO2, a costa de nuestra libertad, de nuestra economía y del desarrollo tecnológico.
Por algún motivo que el lector podrá adivinar, la ONU ha optado por que los gobiernos tengan aún más control sobre la industria. Incluso sueñan con que Kioto sea la antesala de un gobierno mundial. Los beneficios de su mayor poder se los llevan los políticos, mientras que la pérdida de libertades y de la economía y el empleo nos la llevamos la sociedad. ¿Valdría la pena? Según la propia ONU, si Estados Unidos se uniera, si todos los países cumplieran el protocolo y si sus redactores no fueran demasiado optimistas sobre la efectividad de su propio invento, retrasaríamos el calentamiento previsto para 2100 hasta 2106. Todo un éxito.
Pero, ¿funciona confiar en la libertad económica de la sociedad? Los políticos dirán que no, desde luego, pero al efecto invernadero sí le parece funcionar. De 1997, cuando se creó el protocolo de Kioto, a 2003, la economía estadounidense ha seguido desarrollándose, cambiando unas tecnologías por otras más efectivas y que emiten menos, y el resultado es que en esos años ha aumentado las emisiones de CO2... en un 0,007 por ciento. España, en los mismos años, ha aumentado un 24 por ciento.
Kioto es un fraude. No le extrañe, por tanto, que les guste tanto a nuestros políticos y en particular a nuestro Gobierno. Innecesario, insignificante para la Tierra y perjudicial para la sociedad, Kioto es el triunfo de la política sobre el ciudadano.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana
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