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Esta misma semana, y a modo de despedida antes de las vacaciones de agosto, el Gobierno tiene previsto presentar el proyecto de una nueva y extravagante ley, la de Memoria Histórica. Lo que venga, que no necesariamente ha de ser bueno, es un derivado de la incurable obsesión que Zapatero tiene con la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo. Parece mentira que en el año 2006, en pleno siglo XXI, un Gobierno resucite esto, pero con el que padecemos cualquier payasada es posible, aunque sea macabra, anacrónica e innecesaria.
Anticipos de la cacareada Ley de Memoria Histórica ya hemos tenido en los dos últimos años. Sin venir muy al caso, de noche, por sorpresa y tras una cena-homenaje a Santiago Carrillo se desmontó la estatua de Francisco Franco en Nuevos Ministerios. Muchas calles han mudado de nombre y son continuos los agasajos públicos a los hijos de los que lucharon en el bando republicano o, incluso, a los pocos "niños de la guerra" que quedan aún con vida. La búsqueda de la "víctima del franquismo" se ha convertido en uno de los deportes favoritos de los medios afines al Gobierno, y sus historias se reviven con entusiasmo y pasión política desbordada.
Este guerracivilismo y este partir de nuevo España en dos mitades irreconciliables es inédito desde que recobramos la democracia hace casi treinta años. Uno de los pilares del pacto constitucional fue superar la dialéctica de las dos Españas y mirar hacia el futuro con optimismo. Ninguno de los inquilinos de La Moncloa había roto este consenso. En los años de la Transición, por responsabilidad y, más recientemente, porque las dos Españas que se desangraron a palos hace 70 años ya no existen. Somos, aunque a algunos les pese, una nación que ha aprendido del pasado, se ha reencontrado consigo misma y no está por la labor de mirar hacia atrás.
Ha sido la irresponsabilidad de Rodríguez Zapatero, azuzada por una izquierda radical que nunca enterró el hacha de guerra, la que ha reabierto un debate inexistente. No hay españoles buenos ni malos en función de sus ideas políticas, del mismo modo que no es de recibo identificar a los que les tocó combatir en el lado republicano con ángeles, y a los que lo hicieron en el nacional con demonios. Y en lo relativo a la encumbrada Segunda República, nunca está de más recordar que fue una frustrante experiencia histórica cuyo corolario es bien conocido por todos.
Perseverar en el recuerdo de la Memoria Histórica, en mayúsculas, es bueno. Ninguna sociedad puede prescindir de ella. Ahora bien, si lo que queremos es hacer justicia, hagámoslo con todos. Denunciar las bombas de Guernica a la vez que se ocultan las checas de Madrid no es recuperar memoria histórica alguna sino poner la Historia al servicio de un grupo político con una agenda muy bien delimitada, es decir, falsear la memoria de todos en beneficio de una minoría que se ha autoarrogado la conciencia colectiva.
Esto es lo que, más o menos, trata de hacer Zapatero con la presuntuosa ley de marras y su republicanismo de ocasión. La Historia de España no pertenece a un partido político ni a una ideología sino a todos. Conocerla y respetarla tal cual fue es nuestra obligación para que las generaciones de españoles que vengan la reciban sin añadidos, sin manipulaciones y, sobre todo, sin odio. ![]()
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