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Gracias a la rápida actuación de la policía británica, los criminales fueron detenidos. Antes de que pudieran reaccionar, les apresaron y metieron en calabozos durante dos horas, donde se les interrogó. Les quitaron los zapatos, les fotografiaron, tomaron muestras de su boca y guardaron su código de ADN. No tenían antecedentes penales, pero la información quedará a buen recaudo durante cinco años, por si volviera a ser necesaria. Pensaron en presentar los pertinentes cargos criminales contra Sam, Amy y Katy, de doce años, por arrancar varias ramas de un árbol con las que construirse una cabaña, pero la policía reflexionó y pensó que con una reprimenda era suficiente.
Yo no creo que querer construirse una cabaña a los 12 años sea para tanto, sinceramente. Pero nos estamos acercando, no sólo en Gran Bretaña, a esta situación en la que los comportamientos más normales pueden caer en lo que alguien ha llamado crimen. Ahora, como no se necesita víctima para que haya crimen, no hay límite para que cualquier cosa que hagamos nos lleve a donde fueron Sam, Amy y Katy.
Pero la situación es y será cada vez peor. El precio del progreso, supongo; o eso se dirá. Porque este control policial crecerá, pero por otra vía: la de la excusa de la lucha contra el terrorismo. En Estados Unidos, el Gobierno de George W. Bush puso en marcha, tras los atentados del 11 de septiembre, el Programa de Vigilancia de Terroristas que permitía a la Agencia de Seguridad Nacional, nada menos que realizar escuchas sin autorización judicial a llamadas internacionales, así como intervenir los correos electrónicos de cualquier ciudadano que sea sospechoso de pertenecer a Al Qaeda. Esta semana hemos recibido la buena noticia de que una juez ha declarado ilegal el Programa de Vigilancia de Ciudadanos Sospechosos, que así debiera llamarse, porque se salta la Constitución estilo Fosbury. No es el dichoso programa, sino que todavía haya Estado de Derecho en ese país, entre otras cosas, lo que le hace grande.
La tercera historia tiene que ver con uno de los gestos más característicos de nuestra civilización: coger un avión, que se está convirtiendo en una auténtica pesadilla. La compañía aérea Ryanair, y luego BA, ha decidido llevar a los tribunales al gobierno británico por sus medidas de seguridad en los aeropuertos. Con el pretexto de velar por nuestra seguridad, los Gobiernos se hacen cada vez con más control sobre nuestras vidas. Las medidas son siempre excepcionales, por supuesto; no las aceptaríamos si nos dijeran la verdad: que están aquí para quedarse. El Estado aprovecha las guerras y los ataques exteriores para dar pequeños pasos adelante en el control ciudadano, para no darlos atrás jamás. El terrorismo tiene la ventaja de que es un mal permanente, como lo será la excusa para controlarnos un poco más.
Por esa vía llegará un punto en que no nos quedará qué defender frente a los ataques terroristas. Un día en que ellos nos habrán vencido, porque con su ayuda habremos perdido lo que más odian y el motivo por el que atentan contra nosotros: que todavía somos sociedades libres. Acabar con nuestras libertades en nombre de la libertad es algo más que un contrasentido; es una burla. Nuestra libertad es nuestra mejor arma. Tenemos que impedir que subirse a un árbol, escribir un e-mail o coger un avión nos convierta en ciudadanos sospechosos, o perderemos algo más que jirones de nuestra libertad.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana
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