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Las elecciones autonómicas de Cataluña han dejado encima de la mesa muchas lecciones políticas que habrá que ir metabolizando en los próximos días. Una de ellas ha sido el fracaso del modelo de Josep Piqué para el Partido Popular catalán. El tremendo nerviosismo de Piqué es un signo claro y evidente de que sabe que los resultados obtenidos no son buenos, pese a las excusas que pueda intentar aducir. Por eso arremete contra la COPE –la emisora de buena parte de sus votantes– al decir que ha sido decisiva en esa pérdida de votos. Si ya es lamentable encontrarse en la vida diaria con personas incapaces de aceptar la derrota sin achacar a otros la responsabilidad por la misma, en política esa actitud resulta especialmente impresentable.
Pero dejando de lado los enfados y pataletas de Piqué, lo que realmente debe preocupar al Partido Popular y especialmente a su presidente, Mariano Rajoy, es la corriente interna que existe entre las filas populares sobre la necesidad de moderar el mensaje para asentarse en un inexistente espacio de centro. Piqué es un ejemplo, pero no el único, de la opinión más o menos extendida entre las filas populares de que ante las elecciones generales hay que ofrecer una imagen pastelera y meliflua, un perfil "centrado" que no asuste a un electorado que nadie ha visto pero que Arriola y los suyos dicen que existe. No quieren darse cuenta de que una gran mayoría de los votantes del PP no buscan ni moderación ni estridencias; tan sólo quieren un partido que defienda unos principios y un proyecto claro para España ante los desvaríos del Gobierno Zapatero.
Piqué no quiere aceptar que el problema de unos los resultados electorales que es incapaz de digerir no es la COPE. Su problema es el haberse abonado a un discurso ambiguo, cercano a las propuestas convergentes, y que pasa de puntillas sobre lo que es el proyecto del PP para toda España. Piqué ha querido hacer la guerra por su cuenta y ahí tiene los resultados. Es cierto que sólo ha perdido un escaño respecto a las anteriores elecciones, pero sería un error situar ahí el foco del análisis. El verdadero problema está en que los populares han perdido una oportunidad histórica en convertirse en una fuerza parlamentaria decisiva. Después de una legislatura convulsa –con el 3%, con el Carmelo, con Carod negociando con ETA, con la ruptura constitucional que supone el nuevo Estatuto–, el Partido Popular no sólo no ha subido, como sería lo normal, sino que ha bajado tanto en votos como en escaños. Algo tienen que haber hecho mal.
Algunos en la dirección del PP pueden pensar que perder escaños es un excelente resultado. Ellos sabrán. Es el planteamiento propio de quienes ya han aceptado la derrota como su destino político natural. Pero Rajoy debería tomar nota de lo que se le puede venir encima si adopta la misma línea que Piqué. El pasteleo es incompatible con los principios, y la falta de principios en un partido de derecha es sinónimo de fracaso electoral. Se ha visto en Cataluña, pero parece que el PP está dispuesto en empecinarse en el error. Es cierto que en otros lugares de España no existe un partido como el de "Ciudadanos" para recoger el voto de rechazo a la ambigüedad del PP, pero siempre está el refugio de la abstención para el votante irritado con la falta de modelo nacional. Si los populares deciden encerrarse en su torre de marfil, el fracaso está asegurado. Si el PP deja la defensa nítida de los principios para parecer más "moderados", que miren a Cataluña y vean lo que les espera.
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