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En las plantillas de la ACB hay jugadores de todo el mundo mundial. El fenómeno también es observable, cada vez más, en los equipos de base de esos mismos clubes. Basta el ejemplo del Estudiantes, sinónimo de cantera, que ha echado la caña allende nuestras fronteras, y como resultado las jóvenes promesas de Magariños se apellidan igual Clark o Sanikidze que Suárez. Las particulares condiciones físicas que requiere el baloncesto, o sea ser más bien talludito, hacen que las prospecciones en busca de talentos –y sobre todo de centímetros– no se den con la misma frecuencia en otros deportes. Frente a la aspiración de los clubes de conseguir una total libertad de contratación se alza la Asociación de Baloncestistas Profesionales (ABP) –obviamente no tiene competencias en el ámbito amateur– que pugna por la reducción del número de estos inmigrantes de primera soslayando, cuando ha hecho falta, la libre circulación de personas y profesionales en la Unión Europea. La otra cara de la moneda es la de los jugadores jóvenes españoles, que emigran a jugar en las ligas universitarias estadounidenses, o los no tan jóvenes que juegan en las ligas de media Europa.
La patronal de la canasta se ha tenido que plegar, repetidamente, a las exigencias sindicales cuando ha llegado el momento de firmar el convenio colectivo de turno. Actualmente los clubes tienen la obligación de tener en sus plantillas a un mínimo de cuatro jugadores seleccionables. Ese número se estableció en mayo de 2005 cuando, en medio de los play-off, el sindicato de jugadores convocó una huelga con el reclamo de que "el jugador de baloncesto español está discriminado". La ABP ha ondeado la bandera de la selección como principal apoyo a sus pretensiones: "sin oportunidades para los españoles la selección se resentirá". Pero, pasmémonos, con una liga plagada de jugadores no seleccionables el equipo nacional ha sido campeón del mundo y, en cambio, cuando los clubes tenían dos o un extranjero no ganábamos nada. ¿Dónde está el truco?
Antes de la creación de la liga ACB los clubes únicamente podían alinear a un foráneo. Don Lolo Sainz, por ejemplo, ante la obstinada resistencia de las madres españolas a traer al mundo a pivotes dominantes, tuvo que mandar a Walter Szczerbiak, todavía poseedor del record de anotación de la "primera división" y padre del segundo madrileño en la NBA, a jugar sólo en Copa de Europa. Con la ACB llegó el segundo extranjero y, consecuentemente, el salto de calidad de la competición y la reducción de las distancias entre las plantillas. Ese aumento de calidad contribuyó a mejorar el nivel de los jugadores españoles. El efecto negativo de la apertura de las fronteras es la llegada de auténticos "paquetes"; se supone que para evitarlo están los responsables de las contrataciones.
En el caso de la NBA parece que contar con los mejores talentos de fuera de EEUU también contribuye a mejorar el nivel de la competición. ¿Nos imaginamos al comisionado Stern limitando el número de jugadores no estadounidenses de las plantillas? Al resto de las ligas profesionales les encantaría. El Barcelona seguiría contando con Gasol o el TAU con Calderón, aunque no serían tan buenos como lo son ahora. Los buenos jugadores españoles juegan en la ACB, en la NBA y en el patio de su casa. Como dice Johan Norberg: globalisation is good.
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