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Los datos no dejan lugar a duda: lo que quieren los jóvenes españoles es convertirse en funcionarios públicos. La idea de que en la vida merece la pena correr riesgos, ser innovador, conocer ciudades o países nuevos, tener ideas originales o buscar un trabajo creativo es totalmente ajena a la mayoría de los españoles que hoy están estudiando o tratando de encontrar su primer empleo. Lo que a estos muchachos les atrae es, en cambio, ser funcionarios, llegar a la oficina con aire cansino por la mañana y salir de la misma forma a las tres de la tarde, con la idea de que, al día siguiente, y al mes siguiente, y al año siguiente...y muchos años después continuarán haciendo lo mismo.
Es triste, sin duda; pero no me sorprende. Hace algunos años dirigí en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander un curso dirigido a los estudiantes que habían terminado el bachillerato con los mejores expedientes académicos de España. Hablé bastante con aquellos chicos y creo que llegué a entender qué pensaban y cuáles eran sus objetivos. Un día les pregunté cuántos se habían planteado crear una empresa al terminar sus estudios. Sólo uno de cincuenta dijo que le gustaría ser empresario. Para la mayoría, su innegable inteligencia y capacidad de trabajo debían servir para preparar unas oposiciones que les permitieran, entre otras cosas, seguir viviendo en su ciudad, de la que muy pocos querían salir. Recuerdo a una chica que, a sus dieciocho años y con grandes posibilidades de hacer algo interesante con su vida, tenía como principal objetivo ser funcionaria del pueblo del interior de Andalucía en el que vivía. "Es lo que me recomienda mi madre", me explicó. Y aquella respuesta me pareció tan deprimente que todavía hoy la recuerdo como si acabara de escucharla.
Es verdad que no todo el mundo es así, afortunadamente. Participo, de vez en cuando, en comisiones de selección de becarios ya licenciados, que quieren ampliar estudios en el extranjero. Y entre ellos encuentro no sólo buenos expedientes académicos, sino también gente con ganas de comerse el mundo, de hacer carrera fuera de España, de llevar adelante un proyecto innovador, sea éste empresarial o académico. Da lo mismo; lo importante es querer hacer algo nuevo, destacar en el campo que hayamos elegido. Ser ambicioso no significa querer hacerse rico pronto. Esta es una forma de serlo, tan válida como otra cualquiera. Pero se puede tener ambición de ser un gran científico, de escribir una obra literaria brillante, de crear una organización de ayuda al tercer mundo. Hay tantas cosas más atractivas para un joven que trabajar de burócrata de segundo o tercer nivel en algún organismo de la administración pública...
Pero no debe culparse sólo a los jóvenes. El mensaje que reciben de la sociedad en la que viven es éste, en gran medida. Cuando en la escuela o en las instituciones oficiales se ataca el pensamiento libre y el espíritu innovador es normal que lleguemos a estos resultados. Ya tenemos en España casi tres millones de funcionarios. Y cada año habrá más. En una economía cuya productividad se ha estancado y se buscan fórmulas de todo tipo para elevarla, habría que plantearse hasta qué punto esta obsesión por trabajar para el Estado y negarse a asumir riesgo alguno es un factor determinante en la escasa productividad de una mano de obra como la española.
El mundo está cambiando muy deprisa. En muchos países hay millones de jóvenes cada vez mejor formados y con ganas de trabajar y luchar. Me pregunto qué será de nuestros viejos jóvenes cuando de verdad tengan que competir con ellos.
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