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Los fabricantes de leyendas de La Moncloa solían vender, al principio, ciertas pócimas para mantener entretenidas a la prensa y a la gente los fines de semana, que es cuando más aburre el ocio. Según una de ellas, Zapatero encarnaba al nuevo tipo de dirigente que se imponía en el mercado mundial de líderes, el cual era, aseguraban, el "femenino". De alguna manera había que enhebrar la sonrisa y lo que entonces ya traslucía como debilidad. Acudieron al eterno estereotipo, ignorando a las "damas de hierro" que en la política hay y ha habido. El caso es que de pura vacuidad, el fenómeno ZP pedía una personalidad, una identidad, una etiqueta, algo, y la femenina y feminista resultaba útil para dar una batalla importante: la del voto de las mujeres, a las que piensan conquistar por el procedimiento habitual de los viejos seductores.
Ese ambicioso programa, cuyo hilo musical consiste en halagar a las mujeres, ha ido generando pequeños monstruos. Leyes e iniciativas "pioneras", como sus hacedores subrayan con arrogancia fatal. Lo mejor que puede decirse de esos planes es lo que Thomas Sowell señala de la discriminación positiva: su impacto sobre los supuestos beneficiarios es desdeñable. Lo peor, que los perjudican. Lo esencial, que camuflan. Se cree haber diseñado el instrumento para acabar con la violencia contra las mujeres, cuando sólo se ha pergeñado el espejismo para convencer y convencerse de ello. Los resultados de aquella "ley pionera" están a la vista. No desciende, sino que aumenta el mal a corregir. Pero hay quien lleva toda la vida especializándose en impedir que las consecuencias le arruinen la teoría que las produce.
De manera que acabamos de dar otro paso histórico en la misma dirección. Por si no fueran notorios y deletéreos los efectos que ha tenido en el gobierno la aplicación de la cuota en vez del mérito, vamos a extenderlo. Y vamos a disponer de un estado paternalista que trate a las mujeres como seres inferiores que necesitan ayuda para ser iguales. Los Estados Unidos llevan treinta años con las cuotas. La autora de Sexual Correctness: The Gender-Feminist Attack on Women, Wendy McElroy, ofrece este diagnóstico: ha sido una debacle. Aquí lo será. De momento, flotamos en la nebulosa de las percepciones y las emociones. O sea, de las operaciones propagandísticas. Pero la codicia rompe el saco. No contentos con aprobar la Ley de Igualdad, los gobernantes llevaron a unas mujeres al Congreso para que aclamaran a Zapatero. La gozosa rendición de la Virago feminista al Bambi hecho rey de la hembra sí que era inusual. Sus vítores y pareados proclamaban que los grandes avances para las mujeres los hacen los hombres. No lo digo yo: lo decían ellas al rodear al presidente como groupies. Qué escena lastimosa. Y qué cómico que la nueva figura estelar del feminismo español sea, para dichas señoras, un hombre.
En su afán de ganar el voto de las mujeres apelando a la pulsión identitaria, Zapatero cae en la afrenta o en el ridículo. Un día habla del "amor" ante una audiencia femenina, pues el "amor" es cosa de mujeres y, salvo que siguiendo a Hugo Chávez lo incorpore a sus consignas, no se lo oiremos mentar en un Consejo europeo. Ni ante la Merkel. Otro día, tal que ayer, da un mitin teniendo como fondo a un ramillete de muchachas para publicitar la ley recién salida del horno. Eran todas jóvenes y monas. Supongo que el Instituto de la Mujer, ahora que tiene excitado su celo censor, actuará de oficio.
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