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Los españoles han redescubierto su nación. No es sólo un acontecimiento. Es, sobre todo, una oportunidad.
Hace sólo tres años, el himno nacional estaba estrictamente confinado a la liturgia militar, al protocolo de la Corona y a las ceremonias deportivas internacionales. Que los españoles usaran libremente su himno era insólito. Otro tanto ocurría con la bandera nacional. Una absurda convención, nacida de los complejos colectivos de la clase política y de una lectura torcida de nuestra Historia, hacía que los españoles tuvieran vetado de hecho el uso de sus símbolos nacionales. Lo que en cualquier país moderno es cotidiano, en España era inconcebible. Una soga asfixiante coartaba la libertad de los españoles para usar sus símbolos constitucionales. Hoy esa soga se ha roto. La han roto los ciudadanos en uso abierto y franco de su libertad; la han roto recuperando muy libremente su identidad nacional.
No se trata, por supuesto, de una mera cuestión de símbolos. Los símbolos son tales porque encarnan muchas cosas, porque materializan principios y valores, porque representan una realidad concreta. En este caso, no se trata sólo de una bandera y una música. Se trata de una afirmación de identidad nacional: España existe y los españoles la sostienen. Por eso la nueva atmósfera ha irritado hasta la histeria a quienes llevan tres decenios viviendo de la condena cotidiana de España, del desprecio diario a lo español, de la maldición sumaria y sin paliativos de nuestra identidad y nuestra historia. Ellos han entendido perfectamente el nuevo paisaje: España aún está aquí. Los españoles, en efecto, han redescubierto su nación. Para los enemigos de la unidad nacional es una mala noticia; para los ciudadanos españoles es una resurrección jubilosa.
Parece claro que esta primavera de españolidad que hoy vivimos jamás habría tenido lugar si no hubiera mediado la política antinacional de Zapatero. La democracia española ha tenido dos enemigos permanentes: el terrorismo de ETA y el separatismo. Ambos coinciden en perseguir la ruptura de la unidad nacional y en pretender imponer el poder de una minoría sobre la voluntad de la mayoría. El terrorismo lo intenta por vía violenta; el separatismo, por vía institucional. Todos los gobiernos españoles se habían enfrentado al problema de una manera u otra. El Gobierno Zapatero, por el contrario, ha escogido la política de la cesión. Con ello ha despertado la resistencia popular y la indignación de los ciudadanos. El revivir de patriotismo que hoy se ve en las calles es al mismo tiempo una resistencia y una reacción. Quizás era precisa la provocación para que surgiera la réplica. En ese caso, no hay mal que por bien no venga. Ahora bien, si esto es así, cabe temer que la reacción patriótica no sea más que un fenómeno epidérmico y circunstancial, pasajero; en todo caso habrá cumplido una función, pero, ¿y después?
No sería bueno que este despertar de la conciencia nacional española quedara limitado a una reacción mecánica ante los errores de la política antiterrorista o de la llamada "política territorial". Si Zapatero ha podido ejecutar una política antinacional en dos aspectos concretos –y, ciertamente, de especial gravedad–, es porque la democracia española había dejado de considerar lo nacional como una dimensión prioritaria, como un punto cardinal de la vida pública. Lo cual debe llamar nuestra atención sobre las otras muchas carencias de la democracia española en este mismo terreno.
Parece claro que la dimensión nacional es sistemáticamente ignorada en materias tan diversas como las políticas de educación, inmigración, cultura, medio ambiente, etc. Son cuestiones que, en uno u otro momento, tendrán que llevarnos al imperativo de revisar la Constitución. En definitiva, va llegando la hora de que exijamos a nuestros partidos, de izquierda y de derecha, que estructuren una política nacional, esto es, una política que ponga el acento en todas aquellas cuestiones que unen a los españoles, que contribuyen a hacer de nosotros una comunidad, en vez de privilegiar, en nombre de un mal entendido consenso (¿con quién?), todas aquellas cosas que nos disgregan y nos separan.
Tal exigencia sólo podrá ser planeada serena y eficazmente si la marea rojigualda que hoy conocemos perdura en el tiempo. Y aquí el desafío no concierne tanto a los políticos como a los ciudadanos, que hemos de seguir explorando medios para intensificar la presencia social de este nuevo patriotismo. Estamos viviendo algo muy hermoso, algo que desde un punto de vista democrático sólo cabe saludar con alegría: el movimiento de conciencia de unos ciudadanos comprometidos con su nación. De este compromiso democrático sólo cabe esperar beneficios para nuestra vida pública.
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