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En alguna casilla de mi agujereada memoria recuerdo un escándalo financiero en el que personajes de hoy, o parientes cercanos suyos, jugaron un papel fundamental. Que yo sepa, pocos se acuerdan ya de aquel chiringuito financiero de un tal Manuel de la Concha, en el que tenía su dinero metido nada menos que Mariano Rubio, Gobernador del Banco de España. Nombres, nombres... ¿Cómo es que se han borrado tan pronto de los archivos?
Mariano Rubio fue a la trena por decisión del hoy ministro de Justicia amigo o simpatizante de etarras, Fernández Bermejo, por aquel entonces fiscal jefe de Madrid. Don Mariano, que por aquellos años era el máximo responsable del valor de la peseta, y por ello decidía todos los días el tipo de interés de intervención oficial, era muy amigo de don Manuel, que a su vez le guardaba sus caudales en su chiringuito financiero, de cuyo nombre no logro acordarme. Parece ser que las conversaciones telefónicas de los Ilustres señores don Manuel y don Mariano eran frecuentes, antes y después de la comisión ejecutiva del Banco de España, una muestra de la caballerosidad imperante en España.
Pero había más nombres sonoros, de esos que hacían temblar los jarrones de fina loza cuando se anunciaban en los salones de la beautiful. Por ejemplo, ¿quién era el economista de aquel modesto tingladillo, montado sólo para amiguetes? Pues un tal Carlos Sebastián, hermano de nuestro amigo de hoy Miguel Sebastián, ese mismo que anda ahora tirando piedras contra su techo de cristal y, de paso, contra su parentela, con gran tino.
De modo que tenemos a un fiscal, entonces amiguito del gobierno felipista, que enchironó al eslabón más débil, don Mariano Rubio, para dar gusto a su jefe político de la Moncloa. De modo que tenemos ahora a ese gran fiscal como ministro de Justicia, aunque esta vez su jefe no está en Moncloa, sino en el brumoso norte, donde anidan los gudaris. De modo que tenemos al hermano de su hermano que entonces se dedicaba, con mucha más modestia, a lo que se dedica el hermano ahora, quien se empeña en poner en evidencia a sus seres queridos. De modo que tenemos una continuidad ininterrumpida de hechos sumamente graves (¡Quien sabe en estos momentos dónde reposa la mayor gravedad!) que han sido tratados con extremada cortesía, entonces y ahora, por el poder judicial. La justicia española es la más garantista del mundo, pero para unos más que otros.
Entonces España era más limpia: por lo menos unos pisaron la cárcel y hubo dimisiones. Pero muy pocos, entonces ni ahora, se han rasgado las vestiduras como signo de escándalo. "El pueblo español –decía Josep Pla– es de una bondad extrema, tanto que no tiene ningún sentido maquiavélico de la política, y eso no es tan bueno". Pues tenía toda la razón el lince de Pla.
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