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Andaba en lo cierto Jaques Séguéla, ese genio que logró hacer pasar por estadista a aquel viejo farsante de Mitterrand limándole los colmillos de Drácula que lo delataban cada vez que abría la boca. "El secreto mejor guardado del Poder es que no existe", escribió una vez que se le escapó la verdad mientras pensaba en otro eslogan publicitario para el jefe. Pues tan cierto es eso como que los grandes arcanos de la alta política tampoco existen. Y es que todos están ahí, en medio de esas planas manchadas de aceite y gotas de café con leche que la gente ojea por las mañanas en las barras de los bares.
Así era hace setenta años, cuando las respuestas a las tribulaciones que atormentaban al apaciguador Chamberlain lo contemplaban en grandes letras de molde delante de sus mismas narices. Los historiadores de la Segunda Guerra Mundial lo saben: los planes secretos del Tercer Reich con tal de conquistar Europa se podían comprar por unos céntimos en cualquier kiosco de Londres hacía 1933. Allí estaban, exhaustivamente descritos además; allí, entre las páginas de deportes y las de anuncios por palabras de aquellas gacetillas hitlerianas encargadas de exhibir el programa de Mi lucha entre los futuros siervos.
Así era entonces y así sigue siendo hoy. E, igual que sucediera con la temeraria sinceridad del Führer, los investigadores de dentro de setenta se asombrarán, incrédulos, de la audacia de Zapatero. Porque también se fregarán los ojos antes de pasar a creer que los pactos para destruir una gran Nación se detallaran en la prensa española de este domingo, entre mil instantáneas de un tal Tamudo y otros mil avisos de Media Markt para los que no son tontos.
Pero si la crónica de la idiocia anunciada de todos los Chamberlain que en el mundo han sido está guardada en las hemerotecas del siglo XX, la receta de lo único que procede hacer con ellos se esconde en los libros de historia. Que ahí se descubre lo que Lloyd George recomendó al primer ministro cuando, asustado por su propia ineptitud, éste suplicó el apoyo de la oposición. Ya que llamaba al sacrificio incondicional de sus compatriotas en aquellas horas críticas, debía comenzar él dando ejemplo y presentar inmediatamente la dimisión, le espetó.
Porque ni a Lloyd ni a Churchill se les pasó por la cabeza hacer propuestas para una Inglaterra "en positivo" ante aquel pobre hombre. Quién sabe, igual su Arriola de cámara intuyó que precisamente ése habría de ser el lema con el que Felipe González se enfrentaría por última vez a sus iguales, los conservadores de José María Aznar, en 1996. En fin, debió ser por eso. O no, que diría don Mariano.
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