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Si Europa no se deja amenazar entonces la amenazamos. Más o menos esa es la tortuosa y nada amable lógica de Putin, así como su principal aportación a la juntanza del grupo de ocho países económicamente más avanzados, constituido por los siete que cumplen esa condición desde que se fundó el grupo, más Rusia, invitada como premio a las transformaciones que llevó a cabo más o menos voluntariamente con el derribo del comunismo y la disolución de la Unión Soviética. Se la compensaba por su pérdida de peso con una admisión que nunca hubiera podido disfrutar su más potente predecesor.
El G-7 era en inicio un grupo económico que hablaba esencialmente de economía y, no por casualidad, todos sus miembros eran democracias plenas, lo cual constituía de facto una importante característica del club. Y como no hay dos sin tres, economía desarrollada y democracia liberal llevan apareadas el sistema de libre mercado o capitalista. La cortés y prematura invitación a Rusia se concebía como un estímulo para que llegara a ser las tres cosas lo antes posible.
Pero Putin, que perdió traumáticamente la fe en el comunismo, nunca ha llegado a tenerla en lo que caracteriza a sus encumbrados socios y no sueña con quemar etapas para parecérseles en sistema económico o ideales políticos. Su meta es recuperar lo perdido en términos de poder internacional. En cuanto a régimen, la experiencia modélica bien podría ser China, que ha tirado por la borda los dogmas económicos del marxismo pero ha conservado las estructuras políticas del partido comunista. Eso le ha deparado crecimiento económico meteórico y cada vez mayor peso internacional.
Putin no necesita sacar el partido del basurero a donde ha ido a parar, pues de autocracia su historia nacional le ofrece un amplísimo muestrario en el que inspirarse. En cierto sentido sólo ha de ser fiel a las esencias patrias e impresiona la gran medida en que la evolución de los últimos años encuentra profundas analogías en el pasado ruso. El soterrado anhelo por hombres fuertes y mano dura hunde sus raíces en las angustias padecidas por toda la sociedad en los períodos de turbulencia y anarquía. Putin, centralizando el poder y sofocando la oposición, ha sacado al país de uno de esos períodos. Las riquezas albergadas en el subsuelo y la estratosférica subida de los precios de la energía le han proporcionado una ilusión de progreso económico y en todo caso le han puesto en las manos los medios de una política exterior activa y ambiciosa.
Esas tradiciones que Putin no hace más que reverdecer significan la amenaza perpetua para sus vecinos, el recurso poco menos que sistemático a métodos intimidatorios y la búsqueda de alianzas con algunos de los regímenes menos presentables del mundo. ¿Qué hace un país así en una sociedad tan refinada como la del genuino G-7? Nadie sabe hacia dónde apuntaba estos últimos años el nutrido patrimonio de misiles heredados por la nueva Rusia. Posiblemente nada ha cambiado más que la hiriente agresividad de las palabras. Tampoco cambia nada el muy modesto escudo antimisiles que los americanos proyectan en Polonia y la República checa, frente a posibles veleidades futuras de los ayatolás iraníes. Rusia tiene toda la capacidad del mundo para desbordarlo y no necesita recordárnoslo. Su oferta de hacer avanzar hacia el este ese escudo es interesante y tiene todo el sentido estratégico del mundo, si no fuera porque los cálculos estratégicos han de tener en cuenta a los actores con los que se está tratando y una Rusia que no enmiende sus métodos, hacia adentro y hacia fuera, no es de fiar.
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