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A lo largo de estos tres años y pico de turbulencias, ha surgido una nostalgia por el mundo de ayer. Una comprensible saudade por la España anterior a ZP. Y una resistencia a darla por perdida. El partido de la oposición no ha sido ajeno a ese estado político-sentimental. Más aún, lo ha alimentado con una de sus líneas argumentales preferidas. Esa que dice que el presidente nos ha conducido a una artificial nebulosa, distante de los problemas que en verdad preocupan a los ciudadanos, y que su propósito –el del PP– es regresar a tierra y ocuparse de ellos. Que si las elecciones desalojan a Zapatero de La Moncloa, el nuevo gobierno podrá dedicar sus energías a esos asuntos que la gente suele citar en las encuestas como los que más sueño le roban, léase el paro, la vivienda, la seguridad o los precios. En una palabra, la promesa de la oposición es devolvernos a la normalidad perdida. Al país que hubo una vez, no hace mucho.
El discurso de la nostalgia y el regreso tiene diversos y no pequeños inconvenientes. Uno nace de la impracticabilidad: no puede retornarse al statu quo ante. La política de Zapatero y su caótica estela de efectos imprevistos nos han metido de hoz y coz en un escenario nuevo. Los restos del viejo aguardan en la calle a que se los lleve el camión de la basura. Se ha producido una fractura y no hay salto hacia atrás posible. El latiguillo de que "aquí no pasa nada" repetido por el Gobierno socialista y sus coros es por completo falaz. Ha pasado y mucho. De manera que hacer como si nada hubiera ocurrido y pudiera retrocederse sin más al estado anterior, constituye una ensoñación, en el mejor de los casos. Aquel mundo de ayer ya no existe. Y además, de algunos de sus rasgos, los peores, procede el de hoy.
Los problemas que Zapatero ha creado en estos tres años y pico, por alejados que se hallen de los cotidianos, están ahí y ahora son nuestros problemas. No son irreales ni superficiales. Al contrario son fundamentales, en la medida en que quiebran y amenazan las bases mismas del sistema político, los cimientos de la convivencia. Y no han aparecido por casualidad. Zapatero ha sido presidente por accidente, pero ni él ni su política surgen por generación espontánea. Su Gobierno no representa un paréntesis, como creen incluso algunos de sus seguidores, quienes naturalmente hacen votos para que no lo sea. Si ZP fuera un suceso fortuito, su huella no sería tan devastadora.
En este presidente y su Gobierno han confluido dos procesos que han estado ahí, incubándose, creciendo, esperando el momento de aflorar en toda su magnitud demoledora. Uno es el proceso de balcanización propulsado por los nacionalistas, y otro, el de la descomposición ideológica de la izquierda y del PSOE, en particular. Ambos convergían puntualmente, incluso frecuentemente, pero con Zapatero se han hecho uno solo. Así se ha impuesto una nueva realidad, que se ha colado por los puntos débiles, los huecos y los errores de la precedente. Un discurso político de oposición habrá de partir de ella y tendrá que propugnar, no la imposible vuelta atrás, sino la iniciativa para cambiar, de una vez, ese rumbo autodestructivo.
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