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Me ha chocado esta semana leer un titular del El País: El FMI dice que la globalización financiera agudiza las desigualdades. No es que me haya causado estupor que este diario diga algo así, sino el descarado partidismo que les ha llevado a encabezar así la noticia.
De entrada, el informe del FMI no llega a decir en ninguna parte que la economía financiera, por sí misma, cree o acentúe las desigualdades. El informe sólo apunta a que en el pasado, y concretamente en los reducidos escenarios estudiados y en una visión a corto plazo, los flujos de capital entrante a las economías emergentes han dilatado el gap entre ricos y pobres. Eso no significa que la "globalización financiera" por sí sola agudice los contrastes entre los diferentes estratos sociales ni mucho menos que haya más pobres que antes. De hecho, algo así no tendría que sorprender a nadie. Cualquier entrada de capital extranjero en una economía, digamos, precapitalista crea al principio una rápida reestructuración del tejido productivo, tanto comercial como financiero, que llega primero a unos y luego a otros. En la revolución industrial europea también ocurrió lo mismo y hemos ido a mejor, no a peor.
También choca del titular de El País el ataque exclusivo contra la "globalización financiera" cuando el informe del FMI especifica que han sido "los avances tecnológicos los que han hecho la mayor contribución a la desigualdad". Independientemente de que tal afirmación sea una barbaridad, el artículo del susodicho periódico casi no hace mención a ello, exceptuando dos líneas del último párrafo. La razón de que el diario omita la principal causa del gap económico-social es evidente. No es una conclusión especialmente popular, ni siquiera para el lector objetivo del rotativo. Por lo tanto, el periodista ha pensado que, no siendo algo que guste oír, es mejor no darle importancia, pese a ser para el FMI la principal causa de la desigualdad.
Instituciones burocráticas como el FMI o el Banco Mundial, que viven de nuestro dinero, se caracterizan porque siempre tienen soluciones para todo, sean buenas o malas, verdaderas o falsas. Por tanto, es fácil imaginar que también en este informe las plantean. El artículo, sin embargo, no las cuenta porque no conviene a su línea editorial. Y es que las soluciones que plantea el FMI no son, como se puede deducir de la ausencia de referencias en El País, un mayor intervencionismo o más regulaciones. De hecho, la institución advierte que las fuertes intervenciones estatales en el pasado no han hecho ningún bien.
Lo que plantea el organismo es ampliar la financiación a los pobres, más educación y una mayor liberalización que le dé protagonismo a la economía de mercado. De lo que no se da cuenta el FMI es que con esta última condición ya es suficiente, porque genera por sí misma un mejor nivel de vida que irremediablemente desemboca en un mayor bienestar material y social, y por lo tanto, garantiza el resto de mínimos que plantea el FMI. Un país no puede pasar de pobre a rico en una semana, exige pasar por todos los escenarios necesarios para no tener después abruptas roturas ni desequilibrios.
En definitiva, tenemos un informe del FMI que no hace más que decir, por un lado, cosas que ya todos los economistas sabían desde hace más de 200 años y, por otro, otras que son tan contingentes que no merecen ni la más mínima atención. Por ejemplo, en el informe, aparentemente científico, llegan a afirmar que algunos factores económicos se han producido por "buena suerte". Evidentemente, recurrir a argumentos de este calibre intelectual resta credibilidad y rigurosidad a cualquier estudio.
Pero mucho menos creíble es el "riguroso" artículo de El País, cuyo contenido poco tiene que ver con lo que el FMI muestra realmente en su revista. En conclusión, si quiere dejar de ser otro borrego más que sólo se cree los dictados del pensamiento único será mejor que emplee este tipo de publicaciones para envolver el bocadillo del desayuno. Es para lo único que sirven.
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