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El éxito notable de la concentración por la familia cristiana ha puesto en evidencia que una parte importante de la sociedad española está dispuesta a movilizarse por defender sus valores frente a los peligrosos inventos de laboratorio al que algunos llaman, sin pudor, progresismo.
Independientemente de las creencias religiosas de cada cual, la defensa de la tradición, de los consensos sociales generados espontáneamente, por encima del iluminismo de los políticos, cualesquiera que sean sus ideologías, es siempre una causa que me parecerá justa precisamente porque entronca con el pensamiento liberal.
La confiada predicción de que el racionalismo acabaría con el hecho religioso, corriente a la que se han sumado Feuerbach, Marx, Durkheim, Fraser, Lenin, Wells, Sbaw, Gide, Sartre y otros muchísimos pensadores en los últimos dos siglos, no sólo ha fracasado, sino que, por el contrario, esa resistencia de lo religioso a dejarse morir ha constituido sin duda una característica esencial de los tiempos modernos.
El ateísmo militante ha fracasado porque el hombre ha sido capaz de conjugar secularización y fenómeno religioso y ha mantenido a Dios como parte de una enorme dimensión de su existencia como individuo. En tanto que el hecho religioso ha sido, a la postre, la espoleta que ha permitido la voladura del comunismo, uno de los sistemas más feroces contra el ser humano que haya engendrado la razón.
Es innegable que buena parte de la moral colectiva y de la ética individual de quienes vivimos en España tiene profundas raíces en el pensamiento cristiano y, más en particular, en el católico. Conceptos sustanciales de nuestro modelo de sociedad, como la familia, la democracia, la libertad, la propiedad privada, la solidaridad, el respeto a los derechos humanos (o al derecho natural), derivan claramente de este pilar.
La incapacidad del hombre por comprender la realidad que nos rodea en toda su magnitud nos lleva a discrepar de quienes consideran que el positivismo legislativo puede generar de por sí progreso y felicidad. Cambiar las instituciones que vertebran una sociedad por un capricho ideológico, por el voluntarismo de alguien que se cree capacitado para saber e imponer lo que más nos conviene a todos, aunque esté respaldado por la mayoría legislativa, en vez de confiar en el consenso social que se genera espontáneamente en la sociedad a lo largo del tiempo, constituye un riesgo que tiene multitud de ejemplos capaces de persuadirnos a poco que seamos objetivos: desde la Alemania nazi a la Cuba de Fidel, pasando por la URSS o Camboya, naturalmente.
Apoyado en un relativismo afortunadamente superado o en vías de serlo, el socialismo español se ha empeñado en esta legislatura en atacar el concepto no ya cristiano, sino común de lo que era la familia. A esto se suma la falta de respeto hacia la vida, con la generalización del aborto incluso hasta límites estremecedores como hemos visto recientemente, así como el ataque a la libertad de conciencia que supone la Educación para la Ciudadanía.
Asistimos a un soterrado ataque en masa al catolicismo no porque sea una religión con valores conservadores, porque vemos que el Islam, por ejemplo, no les molesta demasiado (cuando debiera ser justamente lo contrario), sino en tanto que ha conformado ese elenco de tradiciones, de normas no escritas pero generalmente admitidas, que coartan y determinan la labor del positivismo político.
En el fondo ese es el mayor peligro que se cierne sobre nuestra libertad, porque el día en que los políticos puedan decirnos, como en el drama griego, si podemos o no enterrar a nuestros muertos habremos perdido toda esperanza de construir una sociedad más próspera, más progresista y más libre.
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