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El insoslayable reto que toda persona confronta en la vida es procurar alimentos, ropa y vivienda. Seguidamente, procurar fondos para educar a sus hijos, para diversiones y, por último, los lujos que le gusten. También convendrá ahorrar para gastos imprevistos. Me refiero a adultos responsables que buscan satisfacer sus propios requerimientos y no a aquellos que por alguna razón dependen de otros o del gobierno.
El problema surge de las limitaciones naturales que todos confrontamos: todo es escaso, comenzando con el tiempo, la capacidad de trabajo, los materiales disponibles y los conocimientos. Además, el deseo de vivir en paz y de merecer el respeto de los demás impone limitaciones adicionales a nuestra libertad, pues exige el respeto a los derechos y la libertad de los demás. Y para la satisfacción de nuestros deseos recurrimos a intercambios voluntarios y pacíficos con otras personas, es decir, al mercado, donde todos estamos obligados a respetar a los demás, sus posesiones (propiedad privada) y sus compromisos (contratos).
A esas limitaciones agreguemos que nuestro consumo dependerá de lo que otros, libremente, están dispuestos a pagarnos por los bienes o servicios que les ofrecemos para satisfacer sus propias necesidades. Digo libremente porque, de lo contrario, sería coercitivo, impuesto por la fuerza y, entonces, se trataría más bien de un robo.
El reto de todo orden económico es la asignación de recursos para satisfacer las prioridades de producción y el consiguiente consumo, dentro de las limitaciones mencionadas. Y allí mismo surge el problema de los socialistas, porque seleccionar las combinaciones de recursos requiere poder comparar el coste de cada alternativa disponible y tales comparaciones sólo se logran comparando precios relativos. El beneficio económico de la actividad humana es, precisamente, la diferencia entre el valor que se le atribuye a los recursos empleados y el valor atribuido al resultado; y, sin precios, ese cálculo es imposible.
El fracaso socialista se debe a que ignoran que confrontan ese problema. Confían ciegamente que la de asignación de recursos queda solucionada cuando los medios de producción y los mismos recursos son propiedad del Estado, pero entonces no hay precios libres que reflejan la realidad. Sus llamados “precios” son inventados y asignados a dedo, como en un juego. Los neosocialistas también ignoran que los países comunistas de la Unión Soviética, al no tener precios propios, usaban los precios de países capitalistas para planificar su propia economía, pero resultó que como tales precios no reflejaban su realidad y no eran aplicables a sus condiciones, cundió la pobreza y el régimen fracasó.
Es cierto que en ningún país existe un capitalismo puro, pero también es cierto que aquellos que más se acercan al libre mercado prosperan mucho más que los que se rigen por las directrices de burócratas y políticos socialistoides.
Como lo explican los textos de economía, en el mercado los precios no son inventados ni se basan en suposiciones de técnicos, sino que resultan de millones de intercambios de lo que cada persona es legítimamente dueña. Inclusive, los precios de las máquinas y de las fábricas son derivados del beneficio que sus productos brindan a la sociedad y no del costo de su instalación y operación, ya que si no fuese así no importaría cuánto se gasta en instalar fábricas y en producir bienes.
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