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Ségolène Royal se ha querellado contra el semanario Paris Match por publicar fotos suyas rezando en una iglesia. La cosa en sí no constituye un escándalo, sabiéndose además que viene de una familia católica, reaccionaria y militar, para más inri. Uno, una, puede rebelarse contra, o apartarse de la tradición familiar, pero muchos ya habíamos observado sus constantes referencias a los Evangelios, mal adaptadas al buenismo sociata, pero evidentes, durante su fallida campaña presidencial.
Lo que a mí me interesa no es la fe de Ségolène, sino su hipocresía. Al parecer le asusta ser a la vez católica practicante y candidata a la jefatura del PS, como trampolín para una segunda candidatura a la Presidencia, de modo que prefiere esconderlo. Pero al querellarse contra Paris Match ha desvelado, una vez más, su profunda hipocresía. Como cuando quiso que la prensa no hablara del robo de sus joyas, porque no se trataba de bisutería, sino de joyas de rica. Católica, rica y mentirosa; no es la mejor imagen que puede presentar una señora que aspira al liderazgo de "toda la izquierda" y, a ser posible, algo más.
Y mientras ella arrastra a Paris Match ante los tribunales, antiguas colaboradoras suyas la denuncian a ella porque no les ha pagado los salarios que las debe. Son hechos que pueden parecer nimios considerados por separado, pero que acumulados podrían ser empleados por sus camaradas del PS, que son capaces de todo.
No es que los demás dirigentes del PS estén precisamente reñidos con el dinero, la Big Money, que escribía Dos Passos; tampoco el anticlericalismo es tan virulento hoy como antaño, cuando el laicismo comecuras constituía uno de los fundamentos del viejo PS (la SFIO). Sin embargo, esa corriente siga existiendo. Sería incapaz de decir si representa el 30 o el 60% de los miembros y electores del PS, pero cualquier candidato al liderazgo del partido debe tenerlos en cuenta. Por eso se esconde Ségolène cuando va a misa.
Hablando de estas cosas, se me cita a Jacques Delors, pero nada tienen que ver el uno con la otra. Primero, porque Delors jamás ha ocultado sus convicciones religiosas, y segundo porque es un curioso socialista democristiano. Pese a haber sido, como socialista, ministro de Mitterrand y presidente de la Comisión Europea, en privado confiesa que en las presidenciales vota por François Bayrou y no por el candidato de su partido. Y, cuando en el siglo pasado sectores importantes de su partido quisieron que fuera candidato contra Chirac, dijo que no y explicó que no podía ser candidato de un partido que jamás aceptaría su programa de gobierno. Lo cual tiene su lógica, incluso si lo poco que conocimos de dicho programa carecía del menor interés. A los socialistas sólo les queda Bertrand Delanoë. Otro desastre.
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