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Este martes todo el aparato de Génova se ha lanzado en tromba a intentar salvarle la cara a Mariano Rajoy. Han repetido sin cesar "¡María somos todos!", en un vano intento de amortiguar la crisis más profunda que ha vivido el Partido Popular desde su refundación. Pero es una exclamación que no es cierta en ningún caso, sino más bien al contrario. La decisión de María San Gil de no firmar la ponencia política del congreso de Valencia lo que ha hecho es dejar en evidencia el objetivo de la actual dirección del PP: cambiar el modelo del partido e iniciar un proceso de complicidad con el Gobierno y su cambio de régimen.
Está claro que en Génova han repartido un argumentario para todos y para todo: ¡estamos con María! Eso es lo que dicen, mientras por debajo procuran desacreditar la actitud de la presidenta del PP vasco. Muchas flores en público y la puñalada por la espalda. Es la señal más clara de las profundas divisiones internas del Partido Popular. Ya no hay margen para el engaño: no es una cuestión de personas, ni siquiera de ideas. Estamos ante el proyecto de cambiar el PP de siempre en el fondo y en la forma.
Las declaraciones de Mariano Rajoy en los pasillos en el Congreso resultan sobrecogedoras. El presidente del PP recomienda a sus compañeros de partido que "no hablen y no se metan en líos". ¿En qué quedamos? ¿No decían que debía producirse un debate político? Ahora ya no. Todo al que se le ocurra salir para decir lo que piensa será convenientemente "destripado". Mariano Rajoy aconseja a los suyos que no se metan en líos. ¿Es una amenaza? ¿Es una directriz? ¿Es una orden? Sea lo que sea, no puede ser más desafortunado, después de que María San Gil haya dado la cara diciendo públicamente lo que piensa.
Las palabras de Rajoy sólo pueden interpretarse como un toque de atención para San Gil y una advertencia para todo el partido: prohibido decir lo que uno piensa. Una cosa está clara, visto lo visto: Mariano es Mariano, pero María no es Mariano.
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