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No aparentaba Mariano Rajoy, gallego de lluvia y calma, querer llevar a cabo una purga en el Partido Popular. Aconsejado por sus coequipiers, nos anunció que pretendía iniciar una renovación para adecuar el partido a los nuevos tiempos. Esa renovación, a lo que se ve o se intuye, solo ha comportado de momento dos resultados, a saber, un reguero de cadáveres políticos y una deriva centrífuga similar a la del PSOE, con el que pretenden mimetizarse.
Es conveniente recordar que el PSOE, de forma ilegítima, ha reformado el Estado constitucional para vaciarlo de contenido, y lo ha hecho de manera torticera a través de la aprobación de los estatutos de autonomía, sin plantear abiertamente una reforma constitucional tal y como debería. De este modo, utilizando la política de los hechos consumados, ha cambiado el orden constitucional que nos regía y, entre otras cosas, ha acabado con dos pilares básicos de nuestro orden político como son la existencia de una única nación española y la igualdad de todos los españoles ante la ley.
El PP de Rajoy, con sus pastueños consejeros áulicos, ha optado por la misma táctica pero ad intra. Es decir, cambiar la ideología del partido en sus posicionamientos más elementales, abandonando paulatinamente la defensa de la nación española como una realidad única, y la defensa de la libertad en todos los ámbitos. Aunque sin decirlo de forma expresa, es decir, subrepticiamente.
La diferencia entre ambas acciones es palmaria. Zapatero no ha tenido ni la más mínima contestación interna a su proyecto, el socialismo internacionalista trocó en aldeanismo separatista en horas veinticuatro, y todos los rojiprogres tan contentos. Ahora bien, ese no ha sido el caso de Rajoy. El todavía presidente del PP nunca podrá decir aquello de "no perdí a ninguno de los que me diste", ya que, a poco que se descuide, se queda con la batuta y sin coro.
La decisión de María San Gil de negarse a dar coartada a la firma de la ponencia política que terminaron presentando sin ella Soria y Sánchez Camacho es un gesto de dignidad sin precedentes en la política española. Si éramos muchos los que confiábamos en el Partido Popular era, entre otras cosas, por la demostración diaria de coraje, de entrega abnegada, de coherencia, de integridad y de valentía que María San Gil ha llevado a cabo desde que era colaboradora de Gregorio Ordóñez. Los rasputines de medio pelo que pululan por Génova y que con su intervención censora han provocado la salida de María San Gil no durarían ni un telediario haciendo política en el País Vasco.
¿Qué va ha hacer ahora Rajoy? Además de a Zaplana, Acebes, Pizarro y Costa, va a echar a todos los que han considerado una tropelía el que haya intentado hacer comulgar con ruedas de molino a María San Gil; como son Mayor, Otaola, Astarloa, Botella, Aguirre, Aragonés, De Arístegui... Ánimo Mariano. Ya sabíamos todos que nunca serías un líder, pero ahora, con un poco de suerte, no llegas ni al Congreso.
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