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Mariano Rajoy está demostrando no ser el mejor labrador del mundo: a fuer de cauto –o perezoso, vaya usted a saber– deja que se le pasen los tiempos de siembra, poda las ramas que no debe y descocota cuando pasó la sazón. Por añadidura, se rodea de braceros y veraneros que sólo vienen a eso, a hacer el verano, y renuncia y execra a los cultivos de rendimiento probado para meterse a cuidar berenjenales, topillos y plagas repelentes. Cuando impetra agua del cielo sólo consigue atraer todo el pedrisco del mundo; se deja arrullar por las serenatas de los gañanes y ganapanes de Prisa, que trabajan a destajo para el vecino enemigo y tratan de arruinarlo hasta las cachas y echarlo del pueblo, aunque de momento la lisonja sea grata; y, para rematar la faena, maniata y amenaza a los miembros de su familia que intentan auxiliarle, pero se niegan a firmarle avales en barbecho, conscientes de que el agostamiento de su finca no es desastre en exclusiva de tan altivo terrateniente: si las norias se atascan, el ganado muere y los arriates y marjales sólo producen yerbajos, el hambre la van a pasar todos. La vamos a pasar todos, para ser exactos. Pero él se tapa los oídos, exhibe su título de propiedad, blasona de llamarse Fray Gerundio –añadan ustedes el alias– y asegura que sus primos de Campazas –todos– le aplauden sin tregua. Enhorabuena.
Pero algo está haciendo bien. Ha prohijado un rosal que crecía silvestre y sin explicación lógica alguna: nacido entre pedregales, olvidado de aguadores y despreciado por los más influyentes jardineros. Mas ahí está Mariano-Gerundio presto a hipotecar sus tierras, a licenciar a los pastores fieles que ni salario pretenden y a traer el agua, incluso a lomos de burra, para regar su amado rosal. Con primor y con mimo se desvive para lograr que las espinas pinchen a los suyos y la cosecha de rosas crezca y crezca en multiplicación bíblica; todo sea por el rosal de Rosa, como ya habrá adivinado el muy sagaz lector de Libertad Digital. No todas las flores estarán convencidas, ni pintarán del mismo tono (del rojo fuerte de pasión a los blancos más desvaídos), ni faltarán los injertos, ni su frescor y aroma durarán lo mismo, pero brotarán, en temporada continua y creciente, dentro del rosal de Rosa quien, sin tijeras ni tranchete, pañará las flores del regalo. Mariano-Gerundio y sus mayordomos suspirarán felices por el gustoso deber cumplido. Rosa sonríe. El rapaz vecino de enfrente sonríe mucho más.
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