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En Le pain et le cirque revela Paul Veine que la causa por la que los súbditos de Roma estaban tan prestos a admitir el carácter divino de los césares era la absoluta indiferencia de estos por la impresión que causaran en el pueblo, que no otra es la genuina marca que sirve para distinguir a los dioses de los mortales. Y es que el que se sabe grande nunca se rebaja a medir el efecto que suscitan sus gestos en los demás. Algo que, por cierto, los otros captan, pues intuyen que una expresión auténtica es la que se desentiende por completo de la opinión ajena, que no calcula sus efectos entre los mirones de la grada.
He ahí la prueba del nueve de que ese pobre don Mariano obsesionado en repetir hasta seis veces ante los barones conchabados en Valladolid que él sigue "siendo el mismo" no es ni Trajano, ni Julio César, ni tan siquiera un Calígula de Pontevedra, a pesar de lo de Sor Aya y el carguito de Ayllón. Por lo demás, está claro que el hombre sigue siendo el mismo. En fin, quizá barrunte el gallego que ha hecho gran cosa con eso de jurar y perjurar que lo que había es lo que hay. Pero ése es precisamente el gran problema del Partido Popular: que este Rajoy de aquí y ahora no pueda ser otro que el Rajoy de ayer y de siempre.
Al cabo, el don Mariano que malgastó su segunda oportunidad sin conceder el menor margen a la duda es igualito al que fue claramente batido en la primera e idéntico al que aspira a repetirse forzando la tercera, por una única razón: porque no tiene remedio. Ocurre, por desgracia, que el gran Aristóteles andaba muy equivocado con aquella fantasía antropológica suya, la de postular que podemos llegar a ser virtuoso sólo con tal de actuar como si ya lo fuéramos. Qué le vamos a hacer, ciertos estados mentales nunca pueden generarse de manera inteligente o intencional.
Uno puede decidir, por ejemplo, irse a la cama, pero no dormir; conocer la religión, pero no la fe; comer, pero no tener hambre; que lo adulen sus empleados, pero no la admiración; ser de centro, pero no conseguir doce millones de votos... El joven Stendhal, que aún no lo sabía, vivió obsesionado con la idea de convertirse en "natural", forzando la "espontaneidad" en todo tiempo y lugar. Hasta que descubrió que quería lo que, simplemente, no puede ser querido. Fue entonces cuando se pasó a la ficción como único medio de satisfacer su afán imposible.
Pero nuestro Rajoy está convencido de que él es Rajoy, no Madame Bovary . Y lo malo es que no miente: don Mariano sigue siendo don Mariano porque nunca podrá dejar de ser don Mariano. Ese es el drama.
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