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En la legislatura que comienza, y a la sombra de la crisis política de la oposición, el Gobierno sigue con su agenda de cambio de régimen, no sólo en lo nacional, sino en lo relativo a las instituciones públicas. Todo indica que está más que decidido a seguir profundizando en la reeducación social iniciada en 2004. Lo hace mediante las políticas de laicismo, que explotan al menos tres errores o malentendidos que la izquierda defiende y que a veces dan el salto a las filas de la derecha. Aclarémoslas.
Primero, la separación Iglesia-Estado no tiene por finalidad conseguir que el gobernante no se vea influido por ninguna creencia, porque esto es imposible. Todo gobernante, en todo lugar, actúa de acuerdo a creencias morales, religiosas, ideológicas o filosóficas. Y esto no es ni más ni menos democrático; dependerá de su contenido y de la influencia que sus actos tengan en las libertades públicas. Es decir, es imposible que el Gobierno o el Estado sean neutrales respecto a las creencias.
Segundo, la separación Iglesia-Estado tampoco tiene por finalidad la neutralidad religiosa. Todos los regimenes políticos, y el democrático no es una excepción, se basan en determinados principios. Entre sus funciones está cuidarlos, mantenerlos, favorecerlos, por la sencilla razón de que sin ellos el sistema se vendría abajo. En el caso de la democracia su deuda real con el cristianismo es un hecho. En España, que el Estado tenga cierta deferencia con éste ni quita ni pone a la calidad democrática en nuestro país.
En tercer lugar, la separación Iglesia-Estado tampoco tiene por objeto eliminar la religión de la sociedad. Este intento de acabar con las creencias religiosas fue llevado a cabo salvajemente por los dos materialismos totalitarios del siglo XX, el nazismo y comunismo, éste último en los años treinta en España con la colaboración del PSOE. Y es que la eliminación de la religión, por su propia naturaleza, acaba implicando la eliminación física de las conciencias.
La separación Iglesia-Estado tiene por objeto garantizar la libertad de culto y de conciencia en la sociedad, que es algo muy distinto. La existencia de una religión oficial suele conllevar la persecución, violenta o no, de otro tipo de creencias que puedan hacerle sombra. De hecho, el materialismo dialéctico soviético supuso de hecho las dos cosas: la implantación de una verdad oficial y la persecución de cualquier otra creencia religiosa o moral. Esta mentalidad avanza en las dos direcciones: vaciar moralmente a la sociedad e imponerle desde el Estado una determinada conciencia.
Por medios pacíficos, en eso consiste la política de reeducación y pedagogía social que lleva a cabo Zapatero. Está haciendo oficial un conjunto de creencias con un esquema de tipo religioso: la creencia en que la eutanasia es un derecho humano; la creencia en que el varón es culpable de una suerte de pecado original por el hecho de ser varón; la figura del homosexual como profeta, mártir o símbolo de liberación; el señalamiento del mal sobre la tierra, llámese Bush, el neoliberalismo o Israel. Es la creencia en la existencia de de un pasado oscuro –Reyes Católicos, Franco, España– del que las fuerzas progresistas –con ZP a la cabeza, a modo de ser ungido– nos sacarán a todos para llevarnos a la democracia plena, a la paz absoluta, a la tolerancia plena.
Es una religión, y lo es en sentido estricto. Tiene sus dogmas, sus ritos, su vocabulario, su santoral, su infierno y su paraíso. Y busca hacerse oficial: la ofensiva anticatólica y anticristiana del Gobierno tiene como objetivo eliminar cualquier competencia a la religión progresista. Cualquier competencia no sólo religiosa, sino intelectual, por eso la primera víctima de la implantación de educación para la Ciudadanía ha sido la asignatura de Filosofía. Se trata de eliminar cualquier legitimidad moral o política que no sea la progresista.
En términos de libertades, estamos asistiendo a un proceso de involución democrática. Un problema ya solucionado, como es el de la separación Iglesia-Estado y una consecuencia, la libertad de conciencia y culto, vuelven a ser removidos de la mano del Gobierno de Zapatero. Primero, introduciendo unas creencias particulares como si fuesen verdaderas e indiscutibles, encarnación misma de la democracia. Y segundo, atacando a cualquier otra creencia distinta que pueda suponer una visión distinta acerca del hombre, la historia o la política.
El Gobierno no está alejando ni separando la religión del Estado. Lo que está haciendo es justo lo contrario: reintroducir el Estado confesional, con la obligatoriedad de una determinada creencia y la persecución de cualquier otra. Lo está haciendo con la ley en la mano, y con la ley en la mano es obligación de todos hacer frente a este proyecto, que no es otro que crear un Estado confesional. En esas estamos.
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