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Una vez más, el divorcio absoluto entre la sociedad civil catalana y sus representantes políticos se ha hecho más que evidente. Testigo de ello ha sido, entre otros muchos puntos de la geografía, la Rambla de Canaletas, al acoger a miles de catalanes que se concentraron espontáneamente para celebrar el triunfo de la selección española en la Eurocopa.
Los catalanes, pese a muchos, han salido a la calle a aplaudir los colores del conjunto español, de la misma manera que festejan los triunfos del Barça, del Espanyol o de cualquier otro equipo de nuestra Liga de Fútbol. Vamos, como han hecho siempre, haciendo gala de una diversidad real y de una naturalidad absoluta, conviviendo todos en perfecta armonía, dejando de lado unos cuantos incidentes provocados por los mismos energúmenos que intentan protagonizar una manifestación anti-globalización o destrozan, año tras año, cualquier objeto perfectamente identificado pululando por el emblemático barrio de Gràcia.
A nadie le sorprende, por ejemplo, que en el transcurso de una agradable velada en cualquiera de los muchos locales atractivos de Barcelona, se entremezclen y entrecrucen conversaciones en lengua castellana y catalana de manera totalmente desenvuelta y dependiendo de cómo, dónde y cuándo conocieras a tu interlocutor, te dirijas a él o a ella en una lengua u otra. Tan sólo cuando se incorpora un invitado que desconoce por completo la lengua de Plà, se suele tener la deferencia de hablar en el idioma que todos entiendan. Este es un hecho obvio e innegable y el catalán, de por sí, es educado y complaciente.
Ahora bien, otra cosa es lo que lleve a cabo el Gobierno de la Generalitat en la Administración Pública y en los centros educativos que, tras tantos años de nacionalismo asfixiante, está recogiendo parte de los frutos que, semilla a semilla se dedicó a plantar cuidadosamente, parcela a parcela y con sus propias manos el Muy Honorable y que, ironías de la vida, está materializando un partido como el PSC, apoyado por los independentistas de ERC y los autodenominados ecosocialistas de IC-Verds, capítulo éste apasionante, donde –si se me permite– me gustaría detenerme más adelante ya que el progresismo de camisas oscuras y corbatas de Cuaresma, bien se merece unas palabras aparte.
El nacionalismo es francamente difícil de combatir por el componente fundamental que hay en él de sentimiento y de instinto, aunque la razón determine que se trata de una doctrina que propugna una homogeneización cultural y lingüística dentro de unas mismas fronteras y que por esa misma razón, la libertad, valor fundamental que debería estar por encima de todo ello, se quede al margen.
Frivolizando un poco, les diré que conozco algún político independentista y republicano que, al llegar a Madrid no ha tardado demasiado en ser seducido por el encanto de la capital y su gente y al darse cuenta de ello, al sentirse cómodo, mimado y obsequiado, ha regresado raudo y veloz con unos extraños remordimientos, como si de un adúltero se tratara y haciendo un alto en el camino para comprar rosas rojas y depositarlas en el Parlament, no fuera que le incrustaran en su identitario torso la letra escarlata.
Es algo tan absurdo como postizo, pero como ocurre ya desde hace un cierto tiempo, los políticos van por un lado y los ciudadanos, por otro –aunque el camino elegido sea siempre de peaje– y gracias a ellos, los sentimientos catalán y español seguirán compartiendo gustos, aficiones, emociones e intereses, seguirán siendo absolutamente compatibles, aportando el uno al otro riqueza y grandeza y demostrando cada día a algunos políticos nacionalistas, entre chorrada y chorrada, mientras se zampan una bratwurst esperando que pierda España,lo insignificantes que son.
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