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Este sábado murió en Madrid Antonio Peláez Huerta. Se fue antes que el verdugo de cientos de miles de emigrantes españoles. No pudo regresar a Cuba. Tal vez por eso no fue capaz de olvidarla. Ayer cubría su cuerpo una bandera cubana. Hoy le estará explicando a Dios las razones por las que resulta inútil dialogar con los verdugos. Antonio me enseñó a no olvidar lo que no se puede olvidar. Ni la belleza de La Habana ni la crueldad de los que a conciencia la destruyeron. Aprendió muy pronto que Fidel Castro odia la belleza casi tanto como odia la libertad.
Mientras pudo, Antonio jamás faltó al más breve de los actos en los que se le permitiera recordar a las víctimas de los hermanos Castro. No sé si llegó a conocer a Leire Pajín. De lo que sí estoy convencido es que de haber tenido la oportunidad le hubiera pedido que renunciara a ayudar a la represión castrista. A pesar de que le constaba que de muy poco le serviría, Antonio nunca se cansó de intentarlo. Es lo que tienen algunos de los hijos de los españoles víctimas de la tiranía. No renuncian a la verdad, a la memoria, a la dignidad y a la justicia. No encuentran un modo mejor de honrar a sus padres.
Zapatero y Pajín jamás les entenderán. Presumen de defender a los que sufren; sin embargo, su cobardía y su sectarismo no les permite ponerse en el lugar de los que después de casi cincuenta años de tiranía, ven cómo quienes más obligados están a honrar la memoria de los emigrantes españoles víctimas del castrismo, son los que más se burlan de su sufrimiento. Por lo que demuestra, la única memoria que es capaz de interesar a Zapatero es la de su abuelo. ¿Qué se la va a hacer? Además, no todo está perdido. Antonio también dejó aquí dos nietos. Ahora lloran porque tardarán en volver a escucharle, pero lo más probable es que muy pronto puedan viajar a La Habana. Allí podrán seguir el rastro de lo que un día fue hermoso y su abuelo jamás olvidó.
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