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Aurelio (Barcelona) comenta que “la octavilla de 1932 [sobre el conflicto lingüístico en Cataluña; la envía un curioso libertario] me ha parecido fuera de lugar; más que un documento histórico, da la sensación [de] que se desee incitar a las bajas pasiones de según quien”. Como contraste, recibo otro apasionado correo de Ciudadano Pérez (Víctor Pérez Velasco, Madrid) en el que se felicita por la oportunidad de leer documentos como el de la octavilla famosa de 1932. Escribe: “La represión siempre fue clave de progreso y potenciación de lo reprimido, produciendo un efecto paradójico al deseado por el represor. Los nacionalistas deben saber que habrá reacción y subirá la cotización de nuestro idioma común, en contra de lo deseado por ellos. Son una suerte de paletos retrógrados que pretenden obtener ventajas políticas a través de la superprotección de sus respetables lenguas locales, a las que ellos devalúan y reducen a meros instrumentos políticos, al protegerlas reprimiendo el uso del castellano, que es hablado por más de 450 millones de personas”.
José Quevedo sostiene que “el problema de las lenguas de España y el abuso e imposición que los políticos nacionalistas están haciendo de ello es solo un problema creado, acentuado y promovido por ellos mismos. No tienen otra forma de justificar su estatus”. Muy en su punto.
Pedro Campos se irrita ante mi insistencia en llamarle Pere. La verdad es que yo entendía que ese apelativo le resultaba más auténtico; la prueba es que en la dirección del correo ese corresponsal firma como “pere.campos”. Con ese dato lo lógico es pensar que un ultranacionalista catalán como parece ser “don Pere”, preferiría ese tratamiento al de “don Pedro”. Es muy curiosa la forma en que la gente suele sentirse identificada con su “nombre propio”. Si bien se mira, de “propio” tiene muy poco, ya que, la de llamarse así, fue una decisión de los padres o de los padrinos. Luego, por razones ideológicas o simplemente costumbres, uno puede cambiar el nombre de pila, pero es difícil que no asome la ambivalencia por algún lado.
José Antonio Martínez Pons me relata “la persecución que está sufriendo en Mallorca el [idioma] mallorquín por parte de los catalanistas… En la televisión [balear] está prohibido –no solo a los locutores, sino a los visitantes entrevistados- el uso de expresiones y giros insulares… Claro que, siendo como somos los mallorquines, la mayoría pensará ya escampará y seguimos haciendo lo que nos dé la gana”.
Rafael Martín me tutea con facilidad: “Es evidente el desprecio que sientes por la lengua asturiana. Es una criatura que no quieres que salga adelante… ¿Por qué no propugnas la oficialidad de un idioma propio, despreciado en Asturias por el mismo partido que en Galicia quiere imponer el suyo a las bravas?... ¿No es obligación de intelectuales como tú –lo digo sin ningún retintín- ir un poco más allá de la prepotencia, el sectarismo y la propaganda?”.
Por lo menos se cumple mi predicción de que el asunto de las lenguas levanta pasiones. No sé en qué se basa mi corresponsalín para afirmar que yo desprecio la lengua asturiana. Supongo que se refiere al bable, porque la lengua común de la mayoría de los asturianos es el castellano. Pero el bable está ahí como un tesoro étnico. Ojalá se pudieran publicar en bable influyentes tratados de Sociología, ensayos traducibles a otros idiomas. No puedo estar a favor de declarar el bable como idioma oficial de Asturias porque ni siquiera me parece bien que el español sea la lengua oficial de España. ¿Es eso prepotencia, contumacia, sectarismo o propaganda? Los idiomas se defienden solos. Más que nada, eso es así porque las lenguas son abstractas; lo que importa es los hablantes. Más ataques que reciben los castellanohablantes en el País Vasco y otras regiones bilingües no son de fácil superación. Sin embargo, hoy tenemos en España más proporción de habitantes capaces de hablar español que nunca en la Historia. Los idiomas se extienden porque son útiles, no porque reciban ayudas oficiales.
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