La edición de enero de 2007 ha sido la última del Premio Ebro Puleva de periodismo económico para jóvenes. Queremos agradecer a todos los concursantes su participación durante todos estos años.

Los Presupuestos Generales del Estado para el ejercicio 2006, que Pedro Solbes presentó hace unos días, adolecen de un claro y principal defecto: se basan en previsiones macroeconómicas ilusorias, falsas, ficticias. O, por decirlo más suavemente, demasiado optimistas. Según los cálculos del vicepresidente económico y de su equipo, el Estado gastará el próximo año 133.947 millones de euros, un 7,6% más que en 2005. La mitad del dinero se destinará a gasto social y se incrementarán de forma sustancial los fondos para investigación, desarrollo e innovación (6.510 millones, un 29,7% más) y para infraestructuras (12.833 millones, con un aumento del 12,4%). Hasta ahí, todo perfecto. Incluso se puede compartir la afirmación de Solbes de que la economía española crecerá el próximo año un 3,3%. Una cifra que, décima arriba décima abajo, aparece también en los fiables estudios de las entidades financieras españolas. El problema es que los otros cimientos que sustentan estos presupuestos no son tan sólidos.
En la presentación de los presupuestos, Solbes vaticinó un "claro retroceso" de los precios gracias a la moderación de la demanda interna, que debería crecer en 2006 sólo un 4,2% (frente al 4,8% previsto para este ejercicio). Pero la escalada de precios de diversos productos en los últimos meses, amén del imparable e impredecible ascenso de los carburantes, no parece respaldar esta afirmación. Menos aún si tenemos en cuenta que, según el Índice de Precios al Consumo, la inflación interanual alcanzó en septiembre un escandaloso 3,7%.
Pero no pasa nada, porque Solbes confía, dijo, en una estabilización del precio del crudo que permitiría cuadrar los números del próximo año. Sin embargo, el ministro socialista incurre en una tremenda contradicción. Máxime cuando la subida del crudo le obligó a poner en duda el crecimiento de la economía española para 2005. Ahora Solbes admite que éste podría no llegar ni al 3%. Frente al optimismo desmedido del vicepresidente, la realidad política internacional y la mayoría de analistas expertos en la materia señalan hacia la dirección opuesta: que el oro negro hará cada vez más estragos en las economías del globo. Sobre todo en una como la española, con una tremenda dependencia energética.
En materia de empleo, la osadía de Solbes parece todavía más acusada. El ministro sustenta los presupuestos en la creación, para 2006, de 460.000 nuevos puestos de trabajo, que dejarían la tasa de paro en el límite del 9%. Una cifra que, cosas de la vida, sería la más baja de los últimos 25 trimestres. Veremos si su compañero en el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Jesús Caldera, es capaz de conseguir ese récord. Tampoco parece demasiado realista, en las actuales circunstancias, confiar en un reajuste de la balanza comercial española. Solbes basa parte de sus cálculos en que el comercio exterior será una carga menos pesada para la economía nacional debido a que crecerá en 2006 un 3,2 por ciento. Pero no da ni una prueba de que esto sea posible.
Si bien no baja los impuestos para permitir una mayor competitividad a las empresas, tanto en el interior como en el exterior, por lo menos Solbes no los sube. Según los presupuestos, las Administraciones Públicas terminarán el ejercicio con un superávit del 0,2% del PIB. Una cifra que es, cuanto menos, engañosa. En realidad, el Estado registrará en 2006 un déficit del 0,4% porque los gastos superan a los ingresos, pero este porcentaje se verá compensado por el buen comportamiento de la Seguridad Social, que tiene un presupuesto de 90.592 millones de euros. Ni que decir tiene que este superávit, si bien escaso y forzado, vive de las rentas de los ajustes presupuestarios realizados durante los ocho años de Gobierno del Partido Popular.
¿Vende humo el ministro Solbes o, por el contrario, hay que confiar en su obstinado optimismo? Vivir sólo de ilusiones es peligroso. En política, los errores de cálculo se pagan. Y en economía más aún, porque los pagamos todos.
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