La edición de enero de 2007 ha sido la última del Premio Ebro Puleva de periodismo económico para jóvenes. Queremos agradecer a todos los concursantes su participación durante todos estos años.

Diciembre no fue un buen mes para los utópicos. Los que preconizan la construcción de un nuevo orden mundial basado en el multilateralismo han visto como dos organizaciones internacionales que hacen gala de su sistema para conciliar por igual los intereses de sus miembros se hundieron un poco más en sus crisis de identidad.
La Organización Mundial del Comercio (OMC) celebró en Hong Kong su sexta Cumbre Ministerial. Ya antes de comenzar las negociaciones, la organización anunció que rebajaba la "ambición" sobre los posibles resultados. O lo que es lo mismo, reconocía que la falta de un interés por lograr un buen acuerdo para todos hacía imposible esperar nada positivo del evento. Y no es baladí lo que se discutía: nada menos que la eliminación de los aranceles aduaneros a nivel mundial, la derogación de las ayudas públicas a las exportaciones y la liberalización efectiva de los mercados mundiales de bienes y servicios. Pero ninguno de los 150 países miembros se avino a ceder en los asuntos que les resultan más sensibles (los países más industrializados en agricultura y el resto en los mercados de bienes y servicios). El resultado fue un débil compromiso para acabar con las ayudas a la exportación agrícola (una ínfima parte del total) en 2013 y postergar el resto de las negociaciones para abril de este año. Sin embargo, lo más notable de la cumbre es que la OMC se ha transformado de hecho en una organización bilateral o, como mucho, trilateral. Los países más pobres (más de 110) han renunciado a su voto y ahora fían su suerte al papel que ejerce Brasil como azote de las grandes naciones industrializadas. Éstas se dividen entre las que tienen intereses ofensivos (como Europa y EEUU, pese a las diferencias entre ellos) y los que tratan de frenar los intentos liberalizadores (Japón, Canadá y Suiza, entre otros).
La formación de bloques en Europa no es tan reciente, aunque sí más evidente que nunca. En la reciente cumbre de Bruselas, Reino Unido encabezaba a los países del Norte del continente, que trataron de reducir el coste que para sus arcas públicas supone mantener el sueño europeo, mientras Francia se erigió en defensora de los derechos adquiridos (una vez más) y aspiraba, junto con las naciones mediterráneas como España, a mantener unos subsidios que le permitan seguir viviendo de las rentas en vez de dinamizar su economía. Alemania, miembro del primer grupo, jugó un descarado papel de intermediaria para lograr que la crisis interna no pase a mayores, aumentando levemente su aportación al presupuesto comunitario a última hora. Mientras tanto, los nuevos socios del Este asistieron atónitos al despertar de la utopía continental, un dantesco baile de máscaras en el que España vio como le arrebatan el sustento de los fondos comunitarios con la excusa de que ya se ha hecho mayor.
En ambos casos, la esperanza en los líderes abanderados del multilateralismo se derrumbó rápidamente. El francés Pascal Lamy se ha dado de bruces con una organización a la que poco le importan sus exquisitos modales y su intensa labor diplomática, porque cuando se habla de dinero sólo importa el interés personal. En el escenario europeo, el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, se encontró con el fracaso estrepitoso de su idilio imaginado con los valores de la concordia, la fraternidad y la solidaridad europeas, para encontrarse, por el contrario, con la soledad y la incomprensión de unos líderes más preocupados por conseguir dinero que por construir Europa.
Si esto sucede en un continente con raíces comunes y valores similares, parece fácil vislumbrar que la Alianza de Civilizaciones impulsada por Zapatero tampoco servirá para construir un mundo más justo y más igualitario. Parece difícil que un modelo que replica el fracaso de la Sociedad de Naciones y de Naciones Unidas (ONU) pueda cambiar las estructuras de un mundo bipolar.
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