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El día en que la Tierra intentó tragarnos

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Los geólogos afirman que el sureste de España es proclive a sufrir terremotos porque estamos justo sobre la zona de fricción de las placas tectónicas euroasiática y africana. Los levantinos constatamos la veracidad del pronóstico científico, porque es raro que pasen más de tres meses sin que en una u otra parte de esta zona se produzca algún temblor de pequeña magnitud. El último tuvo lugar hace poco más de un mes con su epicentro en Cabo de Palos pero, como siempre, el suceso no pasó de la simple anécdota a la que los paisanos ya estamos bastante acostumbrados, si es que alguien se puede habituar a que su casa dé un brevísimo respingo de vez en cuando.

Lo de Lorca, en cambio, no estaba previsto en el guión. Es realidad sí lo estaba, porque en esa ley no escrita que parece regir los destinos del planeta, los científicos han detectado un patrón según el cual cada sesenta años esta zona libera un pico de energía especialmente intenso en forma de un terremoto que puede llegar hasta los seis grados en la escala de Richter. Si tenemos en cuenta que el último seísmo de esa intensidad ocurrió en 1884 (Granada, 900 muertos), es evidente que ya nos tocaba.

La Tierra avisó dos horas antes del terremoto principal con otro menos intenso y, sobre todo, de mucha menor duración, apenas unos tres segundos. La gente lo tomó como una anécdota para comentar con los vecinos, pero antes de que transcurrieran dos horas el pánico se desataba Lorca.

Como en las películas de catástrofes a que Hollywood nos tiene acostumbrados, los lorquinos salían a las calles enloquecidos mientras las cornisas caían al suelo, las fachadas se resquebrajaban, dos edificios de los más céntricos se desplomaban en su totalidad y en el interior de las viviendas y locales se producía un caos de gritos, cristales rotos y el sonido aterrador de las cuadernas de los edificios crujiendo por el embate brutal de un terremoto que duró un interminable medio minuto.

En una misma calle, en apenas un par de metros cuadrados, yacen los cuerpos sin vida de tres hombres de mediana edad aplastados por una cornisa desprendida del edificio que tenían a sus espaldas. La gente corre, grita, pero se detiene ante la escena hasta que alguien sale del estupor general y comienza a hacerle a uno de ellos masaje cardíaco. Todo inútil. Cuando llegan las asistencias médicas certifican que los tres murieron en el acto por el tremendo impacto en el cráneo de la losa desprendida de la fachada.

Y ahora llega la noche, la más larga de los últimos cien años en Lorca. El pánico va desapareciendo poco a poco, pero lo ocurrido hoy tardará mucho tiempo en borrarse del todo en la memoria de los murcianos. Cuando vuelva a moverse la Tierra aunque sea tímidamente la semana próxima o dentro de dos meses, quién sabe, muchos revivirán en esos pocos segundos la angustia que hoy se ha sufrido en toda la región. Tan sólo cabe esperar que lo ocurrido este miércoles sirva para librarnos de esta maldición al menos otros cien años más.

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