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La repentina conversión de Manuel Azaña antes de morir

Jefe de Gobierno y presidente durante la Segunda República, fue un firme anticlerical que no actuó a la hora de frenar la quema de conventos de 1931.

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Manuel Azaña | Archivo

Manuel Azaña pudo haber muerto de cara a aquel Dios al que en vida dio la espalda y a cuyos fieles no defendió cuando se produjo, entre otra serie de hechos, la quema masiva de conventos en el inicio de una República en la que él estaba al mando.

Según relata el obispo que trató con él durante los últimos días de su vida, el político autor de la ya funesta frase de "ni todos los conventos de Madrid valen la vida de un republicano" pudo convertirse antes de su muerte y haberse reconciliado con la Iglesia a la que no dudó en desamparar y perseguir durante su actividad pública.

El que mejor puede hablar sobre este curioso y repentino hecho fue el obispo de Montauban, diócesis situada en el suroeste de Francia. Años después del fallecimiento del dirigente del Frente Popular, monseñor Pierre-Marie Théas hizo públicos los últimos momentos de Azaña.

El 18 de octubre de 1940 se produjo el primer encuentro entre el prelado y un ya muy enfermo Azaña, reunión que se produjo a petición del español. "Vuelva a visitarme todos los días", le dijo el republicano español tras esta primera cita. El obispo le visitó a diario y le preguntó por algunos asuntos muy oscuros de su biografía. Así lo relata monseñor Théas: "hablamos de la revolución, de los asesinatos, de los incendios de iglesias y conventos. Él me hablaba de la impotencia de un gobernante para contener a las multitudes desenfrenadas".

En estos escritos del obispo, rescatados por el sacerdote Gabriel M. Verd, Théas añade que "deseando conocer los sentimientos íntimos del enfermo, le presenté un día el Crucifijo. Sus grandes ojos abiertos, enseguida humedecidos por las lágrimas, se fijaron largo rato en Cristo crucificado". Tras esto, Manuel Azaña "lo cogió de mis manos, lo acercó a sus labios, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: ¡Jesús, piedad y misericordia!".

Siguiendo con el relato de los hechos, el obispo francés dio un paso más y le preguntó: "¿desea usted el perdón de los pecados?", a lo que el que fuera presidente durante la República dijo que sí. "Recibió con plena lucidez el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré", dijo ya en 1952 monseñor Théas.

Sin embargo, no todo llegó a poder hacerse con Azaña. "Cuando hablé a los que le rodeaban de la administración de la Comunión, en forma de Viático (comunión que se da a los enfermos ya moribundos), me fue denegado con estas palabras: ‘¡Eso le impreionaría!’. Mi insistencia no tuvo resultado". Pero Azaña sí recibió la extremaunción y murió el 3 de noviembre de 1940 en presencia de este obispo francés.

Este repentino acercamiento al catolicismo también fue explicado por su viuda, que habló de la importancia de una monja que actuó como eslabón para que pudiera conocer al obispo. Además, contaba la esposa, tal y como aparece en La Conversión de Azaña, de G.M. Verd, que el día de la muerte del político "ya por la noche viéndole morir, por encargo mío salieron en búsqueda de la monja, y ésta, cumpliendo mis deseos igualmente, vino acompañada del obispo. Minutos después, nuestro enfermo expiraba".

Exponente del anticlericalismo

Manuel Azaña fue un referente de la Segunda República, periodo en el que se produjo una brutal persecución a la Iglesia Católica y que comenzó con la quema masiva de conventos, iglesias e instituciones religiosas. Pero cuando esto ocurrió en 1931, el entonces ministro de la Guerra no movió un dedo para impedirlo y realizó una histórica declaración que dio al inicio a lo que después se convirtió en una matanza: "ni todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano".

También desde las Cortes su papel se movió en un agresivo laicismo y fue en otro discurso donde pronunció otra frase que marcaría este anticlericalismo: "España ha dejado de ser católica".

Y no sólo se atacó a los católicos en la calle sino que la misma Constitución de 1931 ya evidenciaba este espíritu muy en la línea de Azaña. Aprobada ya con él como jefe de Gobierno el texto regulaba de manera restrictiva el estatuto jurídico de las confesiones religiosas así como la libertad de conciencia.

Incluso su desarrollo legislativo tuvo otra serie de consecuencias como la disolución de la Compañía de Jesús en 1932 o la ley de Confesiones y Asociaciones Religiosas de 1933.

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