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¿Cambian las encuestas nuestro voto?

Siempre se han visto los sondeos como elementos informativos, pero también pueden ser herramientas para influir en aquello que pretenden describir.

Pablo Yáñez González
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Una encuesta en un encuentro del Tea Party | Flickr/ Gage Skidmore

Las encuestas electorales, los sondeos y los estudios de opinión han llegado a formar parte del entramado político en el que nos movemos en la actualidad. De esta manera, se consideran tanto instrumentos de estudio y análisis para los estrategas políticos como elementos de notable utilidad en el desarrollo de esas mismas estrategias.

Los responsables de las campañas electorales hace tiempo comenzaron a aprovechar los resultados de las encuestas no sólo para medir la evolución de sus perspectivas y la influencia de sus mensajes sino que, dado el incremento de la notoriedad pública de esos estudios, empezaron a plantear la posibilidad de incorporarlos a la suma de elementos de marketing electoral de los que hacen uso a lo largo de las propias campañas.

Los ciudadanos nos hemos acostumbrado a que el desfile en los medios de comunicación de diferentes encuestas se intensifique en los meses y semanas previas a las elecciones de manera que se convierten en un elemento de las propias campañas y precampañas al mismo nivel que los mítines, los vídeos electorales o el tradicional mailing.

Los estrategas electorales han comprendido a la perfección el potencial efecto que pueden suponer las publicaciones de estas encuestas de cara a la generación de expectativas en el electorado, su movilización e incluso la desmotivación de electorados rivales...

Una vez reconocido el salto registrado en la importancia de este tipo de estudios en la actualidad política es necesario examinar su influencia en los procesos electorales, su credibilidad y reconocimiento por parte de la ciudadanía y el papel que pueden jugar en un futuro tanto inmediato como a medio y largo plazo.

Eso si, para que un estudio pueda ejercer esa pretendida influencia sobre los lectores debe reunir ciertos requisitos en lo que se refiere a su credibilidad. Y como decía Carl Sagan, "la credibilidad es una consecuencia del método".

La credibilidad

Cuando hablamos del método, o de los factores que en este caso aportan credibilidad a la encuesta, la lógica conduce a analizar en primer lugar el tamaño de la muestra y la representatividad que ofrece. Pero únicamente un elevado número de entrevistas no garantiza la buscada representatividad.

El llamado "diseño muestral" es clave a la hora de obtener resultados extrapolables a la cita electoral en la que podrán participar todos los ciudadanos. Una buena estratificación evitará la sobrerrepresentación de determinados colectivos.

Del mismo modo, es necesario descartar que durante el periodo de elaboración del estudio, que en algunas ocasiones puede alargarse incluso semanas, se haya producido algún acontecimiento político o social que pueda distorsionar los resultados obtenidos.

Sólo si el ciudadano se cree el estudio que tiene delante el resultado que este proyecte en el futuro político que le afecta podría alterar de una manera u otra su percepción sobre esa realidad y, en consecuencia, su comportamiento electoral.

Esta alteración del comportamiento previsto no deberá suponer necesariamente una transferencia en el voto sino que puede ir también dirigida hacia la participación o, por el contrario, a la desmovilización.

Pero sería erróneo deducir, a partir de esa potencialidad de las encuestas, que la "cocina" de las mismas es el modo más sencillo de conseguir que respondan a los intereses estratégicos o electorales de cada momento de la campaña. En muchas ocasiones, la tergiversación de los datos obtenidos, la alteración final de los resultados o el condicionamiento de los mismos a través de la dirección intencionada de las preguntas resultan ser captadas por el lector consiguiendo un efecto contrario: desacreditar el estudio y por tanto eliminar cualquier influencia posible.

El descrédito no se ceñiría únicamente el estudio en si mismo, sino que rápidamente se llevaría a cabo un proceso de análisis de los motivos de las distorsiones que terminaría otorgando la responsabilidad de las supuestas manipulaciones a la empresa encuestadora, al medio que la publica y finalmente a la formación política que pudiese salir beneficiada de esos hipotéticos resultados.

¿Cómo influir sin manipular?

Partiendo, por tanto, de que es posible convertir los estudios de opinión en elementos útiles dentro de una campaña electoral, sería recomendable descartar la manipulación como estrategia y analizar en qué ocasiones realmente puede ser útil la publicación de los resultados de una encuesta y en cuáles no: aprovechar los momentos en los que se desprendan tendencias favorables o escenarios proclives a los intereses propios y abstenerse de filtrar encuestas desfavorecedoras garantizaría la credibilidad de lo publicado.

Para ello, desde luego, sería necesario acertar en el diagnóstico de aquellas situaciones en las que es beneficiosa la publicación de sondeos. No basta con creer que ir por delante en las encuestas debe fomentar la presencia de estas en los medios de comunicación o que una previsible derrota recomienda esconder cualquier encuesta a la vista de la ciudadanía.

No se puede negar la existencia del llamado fenómeno del "voto al ganador" en nuestras sociedades, una buena prueba de ello podría ser el desarrollo de las elecciones primarias para elegir al candidato del Partido Republicano para las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Sin embargo, hay otras situaciones en las que la publicación de encuestas que escenifican ventajas notables para una formación política no terminan por resultar tan beneficiosas y en los últimos meses hemos un claro ejemplo en España: las elecciones andaluzas del 25 de marzo.

El Partido Popular llegaba en una posición claramente ventajosa, tal y como se deducía de la inmensa mayoría de las muchas encuestas que aparecían en los medios de comunicación desde meses antes de los comicios.

Se manejaba un escenario que otorgaba al Partido Popular la mayoría absoluta que le permitiría llegar al gobierno andaluz, puesto que en el caso contrario se preveía un pacto entre PSOE e IU. Esa mayoría, que llegaba a ser muy holgada en muchos de los sondeos, parecía a ojos de la ciudadanía prácticamente garantizada unos días antes de la cita con las urnas.

El resultado final es por todos conocido: el PP resultó, efectivamente, el partido más votado, sin embargo, una caída final de varios puntos respecto a lo señalado por las encuestas dio lugar a un escenario parlamentario en el que el PP no alcanzó la mayoría absoluta y que a la postre, le ha arrebatado cualquier posibilidad de formar gobierno.

Como algunas voces ya avisaban, la reiterada publicación de encuestas y sondeos tan aparentemente beneficiosos para el partido que contaba con la condición de "favorito", terminó por resultar contraproducente para sus intereses, pues facilitó la desmovilización de muchos potenciales electores del PP que decidieron abstenerse.

¿Por qué fallan?

¿Mentían las encuestas sobre las elecciones andaluzas? ¿Carecían de fiabilidad todos y cada uno de los estudios que apuntaban a que el Partido Popular obtendría en las urnas la mayoría absoluta?

Es evidente que las encuestas electorales incurren muchas veces en errores. Una muestra excesivamente reducida, fallos en el diseño de la propia muestra o del cuestionario, ausencia de elementos de control... Lo novedoso en el caso de las elecciones andaluzas es que ningún estudio, independientemente de la muestra, el diseño o la empresa encuestadora, consiguió prever el resultado final.

En esa clave se puede plantear dos análisis. El primero es que más allá de la fiabilidad metodológica de los diferentes estudios (desde luego mayor en unos casos que en otros), las encuestas no supieron predecir la desmovilización de un numeroso grupo de electores del Partido Popular.

El segundo de ellos requiere una visión más profunda. Asumiendo el papel que juegan las encuestas, debemos comprender que el resultado de una encuesta y el resultado electoral pueden ser diferentes sin que la primera no responda a la realidad en la que se enmarca.

El propio efecto desmovilizador del que hablábamos antes pudo llevar al elector que afirmaba a dos semanas de las elecciones ir a votar al Partido Popular a quedarse en casa el día de la votación.

Podemos decir, por tanto, que la conveniencia de la publicación de encuestas depende de la coyuntura exacta de cada contienda electoral, y que por tanto, serán los estrategas de las diferentes candidaturas quienes debieran velar porque su uso responda a los intereses de las mismas.

Aunque no nos fiamos de los partidos

Estamos acostumbrados a dudar de los sondeos electorales, ya no por la credibilidad o no de las empresas que las llevan a cabo, ni tan siquiera por las condiciones técnicas y de representatividad en las que se realicen, sino por la de aquellos que las encargan, y en especial, de aquellos que las hacen llegar a los medios bajo la denominación de "sondeos internos".

No deja de ser legítimo que los partidos políticos traten se aprovechar las encuestas como elementos al servicio de sus respectivas estrategias siempre que no se trate de un aprovechamiento fraudulento pasado por "cocina".

En los últimos años ha aumentado el número de instrumentos para el desarrollo de las campañas, la mayoría ligados a los avances tecnológicos. Los estudios de opinión, las encuestas y los sondeos electorales reclaman cada día un protagonismo similar.

*Pablo Yáñez es Socio Director de Campañas Electorales Low Cost

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